close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

- ¡¡¡¡SEÑOR FABIÁN, LE ESTÁN ROBANDO A LA FEFA!!!- gritó una voz mientras me aporreaban la puerta con gran estrépito. Yo estaba desnudo y medio comatoso, aprovechando las caricias de un ventilador bastante eficaz que pendía algo precariamente encima de mi cama. Pegué un salto acrobático, me enfundé las bermudas y una camiseta, me golpeé el meñique del pie muy dolorosamente contra una pata de la cama, cojeé dando saltitos y lloriqueando hasta la puerta, y la abrí apresuradamente. Un tipo corpulento de unos veinticinco años y rasgos amerindios me sonrió desde el quicio, mostrando una dentadura impecable como las teclas de un piano. Llevaba el pelo largo recogido en una coleta y un extraño collar de cuentas colgado del cuello.

Condimentos universales en México: Chile, limón, cilantro y cebolla

Condimentos universales en México: Chile, limón, cilantro y cebolla

- ¿Cómo que la están robando?
- ¡¡SOS UN CAPO!!
- ¿Eh?
- ¡¡SOS UN CAPO!!- repitió Juan sonriendo más todavía. Por un momento, pensé que Mordomo se había materializado de alguna forma. Fefa. Capo. Ese tipo leía mi web. No, no estaban robando a la Fefa. Juan la había reconocido en el garaje del hotelucho en el que me alojaba y no podía creerse que el loco de Salíadarunavuelta estuviera pasando la noche en la misma pensión que él. Juan es un aventurero intrépido -mucho más de lo que pueda soñar ser yo- de Bolivia, que está cruzando América dando tumbos en una moto de 125 centímetros cúbicos que da ascopena verla. Él subía cuando yo estaba bajando, y habíamos coincidido en Cancún. Estuvimos charlando hasta las tres de la madrugada en el tórrido recibidor del hotel, bebiendo una deliciosa agua de Jamaica y riendo como niños. Su moto -llamada Chapchosa de etnia muy complicada de reconocer- estaba siendo reparada de la quincuagésima avería del mes en un taller, que llamaremos económico por ser benevolentes, a las afueras de Cancún. Me ofrecí a llevarlo a la mañana siguiente a reencontrarse con Chapchosa. Quedamos a las diez de la mañana porque el taller cerraba a las doce.
- ¡¡SOS UN CAPO!!- dijo a modo de despedida agitando una mano muy grande.
A las diez llamé a su puerta, con puntualidad británica.
- ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!- contestó desde el otro lado. Bajé a la recepción y estuve haciendo tiempo hasta las diez y media, hora en que volví a subir hasta su puerta.
- ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!- volvió a decir con el mismo tono. Me senté en una silla de publicidad de Coca-Cola que languidecía en el pasillo oscuro lleno de puertas anónimas. Se oía el sonido de una telenovela bastante estridente que fluctuaba desde alguna de las habitaciones a mi derecha. Un mosquito del tamaño de un trasatlántico se interesó por mi oído derecho y pasó instantáneamente a mejor vida de un manotazo certero. Pasaron veinte minutos. Me decidí a llamar hasta que abriera la puerta y me diera una explicación.
- ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!- chilló desde el otro lado.
- No aguardo nada, abre la puerta, que te cierran el taller.
- ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!
- ¿Qué pasa, eres una grabación o qué…?
- ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!
- Abre la puerta de una vez.
Silencio. Qué tipo tan raro. Llamé de nuevo. Volví a llamar. Llamé otra vez. Finalmente, se produjo un ruido de muelles rechinando, y unos pasitos acercándose a la puerta. Juan abrió vacilante. Estaba en calzoncillos, con el pelo completamente revuelto y los ojos legañosos.
- Pero… ¿no te has levantado? – le recriminé.
- ¿Qué hora es? -preguntó claramente dormido.
- Son casi las once, llevo una hora llamándote.
- ¿¿¿LAS ONCE!?!? ¿¿POR QUÉ NO ME LLAMASTE ANTES!!
- Llevo una hora llamando.
- AY AY AY AY AY.
Resulta que el tipo era sonámbulo o algo parecido. Se puso como pudo el mono y salimos corriendo del hotel rumbo a su taller. En el camino, un enorme todoterreno negro intentó hacerme parar de todos los modos posible, y en su interior se agitaron manitas pálidas y cámaras de fotos. Supuse que me conocían de algo. Lo dejé atrás a toda velocidad, con la certeza de que nos cerrarían el local, algo especialmente dramático porque era sábado por la mañana, y Juan no estaba por la labor de esperarse un fin de semana para recuperar su moto. En un semáforo, oí una voz profunda:
- ¡¡¡ESA FEFA!!!
Era otro coche de turistas. Aparentemente, en esta ciudad me conoce todo el mundo. Miré el reloj: No había manera de pararse ahí. Hice un gesto de complicidad a los lectores anónimos de la web que me saludaban desde su vehículo y zumbé dirección al taller. Era una especie de zulo costroso a las afueras de Cancún, de cuyas paredes ennegrecidas colgaban todo tipo de piezas grasientas. Un vejete escurridizo y delgado como un folio cerraba ya el portal cuando llegamos derrapando, dos minutos antes del mediodía. Chapchosa era un montón de chatarra oxidada hecha de piezas rescatadas de otras motos heroicas. Uno de esos milagros que se ven circulando por las carreteras de aquí. Por unos segundos consideré la opción de continuar con Juan por esos mundos de Dios, pero luego la desestimé: Soy un lobo solitario, y Juan además parecía llevar una ruta más bien azarosa, sin un rumbo determinado, algo que a mi me pone de los nervios. Nos dimos un abrazo gigante y prometimos seguir en contacto hasta el resto de nuestros días.

Playas de Cancún

Playas de Cancún

Cancún me sorprendió: No era la típica ciudad-resort sin alma infestada de hoteles ciclópeos y sin un vestigio de vida autóctona. Tiene, en cambio, amplias zonas de manglares perfectamente protegidas, y grandes playas desérticas. Las bambalinas de Cancún, donde viven los siervos de los enormes hoteles, son bastante auténticas y recuerdan a cualquier ciudad mexicana: ligeramente caótica, ligeramente deteriorada, ligeramente atiborrada de gente, ligeramente atascada, ligeramente ruidosa, ligeramente sucia, todo ello en un punto perfectamente tolerable. La zona hotelera, en cambio, responde perfectamente a la imagen que cualquiera se puede hacer de Cancún: Comercios de lujo, franquicias que han asaltado el asfalto como moscas un trozo de mierda, aceras y fuentes y balaustradas refulgentes. Despuntan al cielo enormes torres de todas las cadenas hoteleras imaginables compitiendo en magnificencia. El mar es transparente como un cristal de lapislázuli y las playas son blancas como la cal y en ellas juguetean cuerpos bronceados, chuloplayas, parejitas en celo y familias enteras de pijos desplazándose en bandadas sobre la arena como gaviotas torpes. Palmeras domesticadas sujetan redes de voley-playa, lujosos bares de copas ofrecen servicio hasta las tumbonas, fantasmagóricos hombrecillos transparentes recogen la basura de la arena impoluta, nada es feo, nada está fuera de lugar, en los altavoces de los bares suena la misma música que en cualquier complejo turístico del Mundo, se beben las mismas bebidas con los mismos adornos pseudotropicales. El mapa de la zona revela que Cancún tiene tres zonas claramente diferenciadas, distintas como el día y la noche: el centro de la ciudad, vocinglero y étnico, la enorme laguna en la que brillan con luz propia los hoteles más audaces, y una larguísima lengua de tierra, precaria península muy estrecha que se desliza hacia el norte. Seguí la carretera de esa península hasta que se terminó en una mastodóntica obra de arena y tierra y camiones jadeantes: el ser humano sigue colonizando incansable. No obstante, el desarrollo hotelero de la zona es escaso, y todo parece convenientemente protegido y cuidado. Me parece increíble que este sea el mismo país que agoniza entre montañas de estiércol en zonas que no han tenido la suerte de ver florecer palmeras al lado del mar azul.

De cómo se repara una moto con un cortauñas primero y un bastoncillo de oídos después y se siente uno un ninja

Chichén Itza: La visita se ve empañada por los MILES de comerciantes de souvenirs, especialmente los que venden un juguete que hace el ruido de un jaguar.

Chichén Itza: La visita se ve empañada por los MILES de comerciantes de souvenirs, especialmente los que venden un juguete que hace el ruido de un jaguar.

Allí no había mucho más que ver. Aquello podía perfectamente ser Lanzarote o Phuket. Me monté en la Fefa y me dirigí a conocer la Riviera Maya. La Riviera Maya es un despropósito artificial de 130 kilómetros de longitud, al sur de Cancún, con más de cincuenta hoteles de clase internacional, que ofrecen cerca de veinte mil habitaciones al turista ávido de playa y de luna de miel paradisíaca. Una inmensa e impecable carretera de cuatro carriles bordea el Caribe -que sólo se huele-. Cada pocos kilómetros se ofrece una atracción irresistible: cenotes mayas convertidos en piscinas, Auténticas Aventuras Selváticas -con el riesgo completamente controlado y el número adecuado de orquídeas plantadas cada pocos metros-, gigantescos hoteles-ciudad con todo incluido de los que no tienes que salir en una semana si no quieres, parques acuáticos en los que son torturados delfines cautivos obligados a nadar con turistas adiposos a cambio de un par de sardinas.
La Riviera Maya concluye en otra península alargada y paradisíaca, la Punta Allen. Descubrí que la zona está poblada por hotelitos pequeños y de dispar encanto enclavados en plena playa, y seguí carretera abajo hasta que se acabó el asfalto. Un hombre en un puestecillo dependiente de algún organismo oscuro para la defensa de la naturaleza se dedicaba a cobrar una tasa simbólica a los pocos turistas que se adentraban por el caminucho de baches y tierra prensada que, de forma bastante prometedora, se adentraba en la península. Detuve la moto, aboné la tasa, fui advertido de que el camino estaba en muy mal estado, y a continuación, la moto se negó a arrancar de nuevo.
La temperatura rondaba los cuarenta y algún grado. Unas enormes nubes oscuras vaticinaban una tormenta próxima. Estuve un buen rato accionando el arranque, hasta que quedó claro que lo único que conseguiría así era gastar batería. Volví a detener la moto y me bajé, siendo estudiado con interés de analista bursátil por el cobrador de la caseta, parapetado tras un cigarro unos metros más allá.
Decidí en primer lugar cambiar el regulador de voltaje. Llevo siempre uno de repuesto, desde que en Grecia la moto me dejara tirado a los pies mismos de un monasterio ortodoxo. Desplegué con gran aparato mis herramientas, desmonté la cacha derecha de la moto, cambié el regulador, y procedí a arrancar. Nada.
El cobrador de la caseta se acercó a mi y se me quedó mirando desde la sombra de un banano. Le devolví la mirada, empapado en sudor.
- Van a ser las bujías- le dije.
- A mi ya me paresía- contestó.
Refunfuñando, desmonté el depósito de la moto y saqué una de las bujías. Estaba bastante perjudicada. Extraje otra, que se encontraba en condiciones similares. Será el clima. Busqué en el interior de la caja de herramientas un pequeño trocito de papel de lija que siempre me acompaña para limpiar los bornes y favorecer el chispazo, pero como era de esperar, no estaba allí. Rumié, mientras un enorme escarabajo pasó volando con el estrépito de un helicóptero. El cortauñas japonés. Tengo un cortauñas galáctico que compré en Japón y que recuerda vivamente un tren bala. Ese cortauñas tiene una pequeña lijita incorporada. Saqué el cortauñas del neceser, y con muchísimo cuidado, procedí a la limpieza de las bujías. Ni que decir tiene que la moto arrancó a la primera, con un sonido rotundo y poderoso y un parpadeo de intermitentes bastante burlón.
La carretera que discurría en la Punta Allen al borde del mar era nefasta y bastante monótona: a ambos lados, enormes arbustos impedían ver absolutamente nada, por lo que en apariencia me encontraba en un tubo vegetal. Enormes reptiles somnolientos se cruzaban ante mi con un pequeño impulso suicida, y extraños buitres oscuros rondaban el cielo distraídos. El mar aparecía muy fugazmente entre la maleza. Las playas aquí no son privadas, pero toda la línea de costa sí lo es, con lo que entrar a bañarse era tarea complicada. No obstante, aprovechando un resquicio entre dos fincas, logré pisar la arena y darme un buen chapuzón en el agua más limpia, cálida, transparente y bella que he probado en mi vida. Los nubarrones que se iban agrupando cada vez más amenazadores sobre mi cabeza me hicieron replantearme la situación y salir de allí a toda velocidad, rumbo al pequeño caos cotidiando del interior del país.

Tamales: harina de maíz prensada con algo de carne, envuelta en una hoja de banano, y cocinada al vapor.

Tamales: harina de maíz prensada con algo de carne, envuelta en una hoja de banano, y cocinada al vapor.

Hacía un calor de mil demonios y el cansancio estaba venciéndome. Por increíble que parezca, me quedé dormido sobre el manillar un par de segundos, por lo que decidí parar en una cuneta inmisericorde donde había algo parecido a un poco de hierba sobre la que tumbarme. El ciego sol, la sed y la fatiga. Polvo, sudor y hierro. Me tiré al lado de la moto, vestido con el mono de cuero y el casco puesto para protegerme de las culebras que sin duda acechaban por las inmediaciones, aprovechando una débil sombra de un arbol leñoso y retorcido e inundado de plantas colgantes. El sol ganaba terreno poco a poco y pronto inundó por completo mi posición. Oía mi respiración pesada dentro del casco y sentía enormes gotas de sudor brotando de mi frente y de mis pómulos. Los insectos revoloteaban a mi alrededor, analizándome por si empezaba a pudrirme. Me llegó, de repente, el inconfundible olor de la caca. Me levanté a toda prisa. En efecto, a escasos metros de mi había un pequeño vertedero espontáneo, donde alguien había dejado un vestigio reciente. Maldiciendo a mi destino y añorando la sombra fresca de un prado verde que, al parecer, está prohibido en esta zona del mundo selvática y complicada, me dispuse a arrancar. Metí la llave y la moto se murió al instante. No es que tosiera, carraspeara, pediera e intentara arrancar, no. Se murió. Por completo. No hizo siquiera ademán de obedecer. Me bajé de ella y me quedé mirándola largo rato sin saber qué hacer, hasta que el efluvio de la caca regresó, esta vez con más protagonismo, lo que me espoleó a intentar algo.
Si una moto se muere, ¿por dónde coño empiezas a mirar?. Le di un par de vueltas, rascándome la cabeza. Pensé que quizá se había fundido un fusible, así que me dispuse a desmontar de nuevo la cacha derecha. Saqué las herramientas, las diseminé por todo el polvoriento arcén, mientras mi mundo cada vez màs se iba inundando del aroma de la caca. La llave allen que sirve para abrir la cacha no aparecía por ninguna parte. Cada vez resultaba más difícil pensar, todo mi mundo estaba inundado por el calor rabioso del sol y la caca del colega que se había desahogado unos metros más allá. Zumbido de insectos, sudor, ronroneo de coches pasando a toda velocidad, sienes que palpitan, vista que se desenfoca.
- Me va a dar una pájara al lado de esta caca- anuncié en voz alta. Nadie me contestó.
Intenté arrancar la cacha con mis manos, logré desprender uno de los tornillos a base de sobarlo, introduje un par de destornilladores para abrirme un hueco suficiente como para ir sacando los fusibles uno a uno y comprobando que todos estaban perfectamente. Podía oir sus chilliditos horrorizados cada vez que los arrancaba de la cajita en la que vivían.
- Iiiiih, ihhhh- chillaban los pequeños fusibles con desesperación.
- Calláos de una puta vez- contestaba yo.
Luego miré la alarma. Ella me miró a mi, tímida y coqueta. Quizá se había fundido la alarma o su fusible, impidiendo el arranque de la moto. Parecía estar bien, pero el olor de la caca y el calor me estaban impidiendo efectuar un diagnóstico más certero. Y entonces recordé un post de Charly Sinewan en el que un propietario de una moto como la mía había tenido el mismo problema, y había estado semanas tribulado hasta que descubrió que los bornes de la batería estaban medio sueltos. Los bornes estaban en la cacha izquierda, seguía teniendo el mismo problema: Sin llave allen no hay paraíso. Toqueteé la cacha hasta que conseguí separarla un poquito. Divisé uno de los bornes, que me devolvió la mirada, burlón, centelleando bajo el sol estival. Intenté alcanzarlo sin éxito. Necesitaba algo para llegar a él, a ser posible que no transmitiera la corriente. Me dirigí al pequeño basurero de la cuneta. Allí estaba la caca, inundándolo todo con su efluvio mortal. Parecía una diva de opera, rechoncha y pagada de si misma, depositada sobre una montaña de papel higiénico absurdamente blanco. Lo único que encontré a mano fue un bastoncillo de los oídos, claramente usado por un orco febril. Me lo llevé hasta la moto, y toqueteé el borne de la batería con insistencia. Sí, el borne estaba medio suelto. Le di unos cuantos masajes con el bastoncillo hasta que pareció trabarse. Probé. La moto se encendió como una campeona. En aquel momento, la caca me olió a gloria bendita.
- ¡¡SOS UN CAPO!!- grité a la caca, a modo de despedida.

Adiós, México lindo y querido

Puedes ver esta galería como una presentación.

Lo peor de México, sin duda, son sus topes. El país entero está plagado de topes que, sin anunciar, interrumpen la carretera en los lugares más inverosímiles. Tripas amorfas de asfalto y de cemento que atraviesan la carretera para obligarte a detenerte en cualquier lugar. Si intentas rodearlos, te encuentras con montañas de piedra, neumáticos viejos y vendedores de chucherías que te impiden el paso: o te comes los topes o vuelas, sólo hay esas dos opciones. Puedes ir a ochenta paladeando unas curvas maravillosas, de repente te encontrarás con una absurda zona de topes que te harán tropezar peligrosamente y te desencajarán la mandíbula. Te darás de bruces con ellos a la entrada y a la salida de cada pueblo, en las calles más y menos transitadas, los sufrirás en los parkings y en las autopistas, en las carreteras de grava y en las amplias rutas de asfalto suave como la seda. La moto sistemáticamente roza con los topes, de no tener un cubrecárter hace ya mil golpes que me habría despedido de ellla. Ahora, los topes son casi mis amigos, y los empleo para desahogarme ante los escollos de la jornada. Cuando un tope roza ruidosamente el cubrecarter, yo GRITO como si estuviera poseído por el diablo. Los campesinos se me quedan mirando mientras lleno el mundo de improperios emanados de mi casco semicerrado. Tenía que llegar ese día a San Cristóbal, e hice caso omiso de las enormes nubes que se iban juntando en aquelarre sobre mi cabeza. De repente, la tromba. Ciclópea, descomunal, épica, lírica, excesiva. El asfalto se convirtió en río, el río en océano. No podía hacer otra cosa: me detuve en un bar-restaurante-ciberlocutorio-ferretería que me regaló el camino. Soñadora, la dueña miraba cómo caía la lluvia repantigada en una hamaca. Apenas hablamos, pero disfrutamos de nuestra mutua compañía contemplando el Apocalipsis, escuchando la Sinfonía para Tejado de Chapa y Gota de Lluvia en Do Mayor, sumidos largo rato en nuestros pensamientos. Cuando creí que la crisis había terminado, volví a montarme en la moto. Pero había sufrido un cruel engaño: la naturaleza tan solo se había tomado un breve respiro, había cogido fuelle para el segundo asalto. Cinco o seis kilómetros más adelante, los cielos volvieron a abrirse de forma atroz y excesiva. El asfalto se convirtió en cascada, la cascada devino en tsunami. En esta ocasión, no había bar-restaurante-ciberlocutorio-ferretería y paré bajo un árbol, cerca de una casuchita hecha de hojas de banano. Suspiré. Era una demostración de fuerza tan impresionante que la naturaleza, por enésima vez en este viaje, me asustó y me hizo sentir diminuto. Realmente, el ser humano está en sus manos, y vive sólo de su misericordia.
Una cabecita diminuta y morena emergió de la casuchita. Era una niña pequeña, de no más de siete años. Valientemente, pegó un saltito y se me acercó vacilante, llevando consigo una bolsa de plástico. Se paró a mi lado, completamente indefensa, descalza, empapada. El pelo se adhería a su cabeza, y la ropa a su cuerpo delgado. Me miró pestañeando por las gotas de agua, que luchaban por entrar en sus ojitos. Me extendió la bolsa de plástico. Dentro, dos mazorcas de maíz recién cocinadas, todavía humeantes.
- Diez pesos- dijo temblando bajo la lluvia.

Fauna local invade mi habitación

Fauna local invade mi habitación

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