close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hasta entonces, mi viaje por Sudamérica parecía un recorrido por el futuro de Europa: edificios degradados, tasas de paro muy altas, parajes desolados y mucha gente buscándose la vida en la calle, al pie de lujosas sucursales bancarias. Pero al llegar a Salta me inundó la sensación de encontrarme por fin en la Sudamérica que cualquier occidental imagina: Salta es una deliciosa localidad rodeada de parques naturales de ensueño, en los que rocambolescas montañas se disputan el premio a la excentricidad. En su casco histórico -creo que es la primera ciudad que veo aquí con casco histórico en condiciones- se pueden divisar iglesias con dos siglos, casitas coloniales con balcones de madera, y jardincillos que recuerdan a pañuelitos de encaje. En la periferia, por otro lado, se apretujan los mercados indígenas, las casas de pasto llenas de familias de rostros amerindios, los perros abandonados, las pintadas de intención algo difusa, los carteles anunciando género con faltas de ortografía sangrantes, y los comercios de recambios atiborrados de objetos inútiles y regentados por ancianos despistados en camiseta de tirantes. No faltan los coches tuneados desde los que surgen estrepitosos reggaetones y cumbias subidas de tono, y hombres en bicicleta llevando consigo reinos enteros a sus espaldas.

En el Desierto de Atacama, Chile
Día 362 de viaje. 30ºC. Leyendo Las nieves del Kilimajaro, de Ernest Hemingway

Uno de varios salares que se cruzan al atravesar los Andes

Uno de varios salares que se cruzan al atravesar los Andes

El carburador es una pieza en forma de corazón situada al lado del motor. Por él pasa la gasolina y se mezcla con el aire en su justa medida. El motor necesita aire porque dentro de él la gasolina explota, así que el oxígeno se hace imprescindible para la combustión. El carburador es necesario porque regula la cantidad de aire en la mezcla, por lo que ajustar la carburación es importante cuando te enfrentas a alturas en las que hay poco oxígeno.

Allí encontré a un mecánico dispuesto a ajustar la carburación a Fefa para su gloriosa travesía por el Paso de Jama, a 4300 metros de altitud. Lo cierto es que yo estaba bastante paranoico, porque hacía menos de un año Fefa se había desmayado al intentar cruzar el Paso de Khunjerab, en la frontera chino-pakistaní. En aquella ocasión, a 4500 metros de altitud, tuve que ser remolcado de un modo bastante indigno por un italiano suicida a lomos de una GS 1200 del pleistoceno, mientras todos los demás miembros de la expedición se reían a carcajadas de mi aspecto poco grácil. Así pues, decidido a no volver a pasar esos apuros en Argentina y tras una ardua negociación con el mecánico local, procedimos a desmontar a la pobre moto para cambiarle unos tornillitos infinitesimales. Me parecía mentira que algo tan pequeño pudiera proporcionarme el empuje extra que iba a necesitar para salvar los Andes. Qué iluso era.

La hermosa localidad de Purmamarca

La hermosa localidad de Purmamarca

Mensajes contradictorios en la ruta

Llegué a comer a una localidad de aspecto algo polvoriento, Purmamarca, en la que se encontraba una iglesia singular debido a que su techumbre se había edificado, al completo, con madera de cactus. La población estaba inundada de un turismo de autocar y empanada, gaseosa y cámara desechable. En la plaza principal se agolpaban decenas de tenderetes algo tristones en los que intentaban vender a jubilados algún poncho fabricado en China o un cascabel de uñas de guanaco de aspecto quebradizo. Devoré un chuletón de llama que me supo a una correosa mezcla de cabra y vaca. Poco que ver allí, me dispuse a seguir avanzando hasta Susques, la última población antes de la frontera, donde una mortecina señorita de Información Turística de La Provincia de Jujuy me había prometido que encontraría alojamiento y gasolina. En efecto, así era. A precio de Ritz. Cuando me aproximaba al pequeño poblado -que realmente recordaba a un último glorioso bastión en medio de ninguna parte- Fefa empezó a dar síntomas de fatiga. En concreto, a los 3500 metros de altitud. Intentando no ponerme nervioso, me aseguré mentalmente que se debía sin duda a la gasolina en mal estado que había aprovechado del bidón que llevo en un lateral de la moto, que seguramente tenía un mes de antigüedad.
- Se ha oxidado un poco la gasolina, es normal- informé a Mordomo (*), que me observaba desde el espejo retrovisor con cierta sorna.
A la mañana siguiente, tras una noche de dura aclimatación a la altura -lavarme los dientes suponía un importantísimo esfuerzo físico-, me encontraba acomodando el equipaje cuando vi pasar una preciosa BMW plateada. La saludé con la mano, y el hombre se desvió de la ruta y se detuvo a mi lado. Su moto refulgía al sol, parecía una nave espacial, compacta y brillante. No se veía ni un tubo, ni un cable a la vista, todo arropado por un carenado sin mácula, refulgente y estilizado.
- Bonita montura- le dije.
- Mirá, mirá- susurró Mordomo detrás de mi-. Él parese una pinturita y vos un mamarracho.
A la moto no le faltaba nada. Incluso tenía un posavasos en el que reposaba una botella de Levité de Ananás. Fefa al lado de aquella princesa cromada parecía una vieja cerda de tetas bamboleantes revolcada en su inmundicia. El hombre, pese a ir equipado de arriba a abajo, tiritaba como una ramita y su cara tenía un alarmante tono azulado.
- ¿Qué tal la carretera?- pregunté.
- ¡¡Imposible!!- gritó temblando-. ¡Está a menos dies grados!
- Qué me dice.
- Sho anoche tuve que desistir, no puede seguir avansando, se va a cagar de frío.
- ¿Y la altitud? Son 4300 metros, ¿verdad?
- Si, el paso de la Jama son 4300, pero después en Chile llegás a los 5700.
- Perdone, creo haber oído 5700.
- Si, si.

La última gasolinera de Argentina

La última gasolinera de Argentina

Me derrumbé sobre mis botas, que por fortuna son bastante anchas y soportaron mi peso adecuadamente. 5700 era una altura imposible para mi, estaba completamente convencido de que no la pasaría. No obstante, me dije a mi mismo de que una vuelta al mundo se hace avanzando un poquito de cada vez. Además, he oído tantas veces la palabra imposible en este viaje, que una más ya no asustaba: En Ucrania, a bordo del buque Caledonia, una aprediz de Hanna Montana y su familia me habían intentado convencer de que las carreteras de su país eran intransitables. En la frontera entre Rusia y Kazajastan, los guardias me habían advertido de que Kyrgyzstan estaba en guerra y no se podía atravesar. En Kyrgyzstan un camionero me había dicho que en Pakistán las inundaciones habían arrasado toda la Karakorum Highway y no se podía cruzar. Y así una y otra vez. No me quedaba más que subirme a la moto y enfrentarme a las alturas polares que, según aquel hombre, me esperaban más allá de las montañas.
La gasolinera de Susques ofrecía sus productos al doble de precio de lo normal, algo que supe disculpar debido a lo remoto de su situación geográfica. Así pues, con el tanque lleno de platino líquido, enfilé hacia la frontera, despidiéndome por fin de Agentina.
- ¡¡¡No llores por mi Argentinaaaaaaaaa!! ¡¡Mi aaaaaalma está contigooooooooo!!!
A medida que iba subiendo, la moto empezaba a dar más y más muestras de fatiga. No era, no obstante, una fatiga directamente proporcional a la altura, sino más bien a la pendiente de la carretera. En las interminables rectas salpicadas de salares y planicies, Fefa se comportaba como una reina del asfalto y ronroneaba orgullosa. Pero en cuanto aparecía una cuesta infinitesimal, empezaba a toser y su velocidad descendía de forma alarmante. Cuando por fin alcancé los 4170, señalados por un cartel en un recodo del camino, Fefa iba a cuarenta por hora, trepando trabajosamente por la loma de la montaña. Un poco más adelante, en una cuesta muy empinada, la moto se paró al encontrarse con un pequeño tramo de obras bastante polvoriento, ante la mirada bastante aburrida de un operario que enarbolaba una banderita roja y que parecía un totem precolombino.
- ¿Queda mucho por subir? -pregunté al totem.
- Apenas quinse kilómetros- contestó agitando la bandera.
Decidí que aquel era el lugar más alto de todo el recorrido, y me sentí orgullosísimo de haber jugado con la carburación mientras me arrastraba a treinta por hora. En la frontera me topé con un grupo de moteros jubilados que me rodearon alegremente y me informaron de que todavía había que subir un poquito más, pero que la moto no se resentiría en absoluto y que la temperatura era deliciosa. Otra muestra más de que no se ha de hacer caso a nadie en la carretera.

Payaso que celebra que su agonía ha terminado. Iluso.

Payaso que celebra que su agonía ha terminado. Iluso.

La catástrofe

Tras el paso fronterizo que marcaba el final definitivo de Argentina, terminé de trepar hasta los 4320 sintiéndome un ninja. Me hice una foto triunfal haciendo el payaso y continué el rumbo al oeste, convencido de que mis miserias se habían acabado. Una descomunal planicie de color crema salpicada de vicuñas famélicas y escurridizas me recibió en un silencio como no he oído nunca. Detuve la moto y saboreé el momento. Nunca, en ningún lugar del mundo, el silencio había sido tan profundo. Entonces, la carretera empezó a subir de verdad.

Primero fue una larguísima pendiente casi infinita, en la que la moto traqueteó como una cafetera mientras los metros iban sucediéndose a cuentagotas en el GPS. Los 4320 dieron paso a los 4400 y luego a los 4500 para volver a descender un centenar de metros y volver a remontar después caprichosamente. Pero era una recta con una pendiente más que moderada, así que no me costó mucho, con algo de diplomacia aplicada al cambio de marchas, poner la moto a la escalofriante velocidad de setenta por hora. Entonces, allá a lo lejos, divisé lo que no podía ser más que una aterradora subida por una pared casi vertical de montañas de color café. La temperatura, que ya estaba bastante baja, descendió de sopetón una decena de grados, y el viento hizo acto de presencian ululando como un coro de penitentes a las puertas del infierno. Llegué al pie de la montaña con la moto a cuarenta por hora, apretando el acelerador con todo mi empeño. Aquello estaba tan empinado que los enormes trailers que me habían acompañado a lo largo de toda la ruta hacían cola a velocidad de caracol fatigado por la escarpada pendiente.
- Ché. Ni en pedo vamos a subir eso- dijo al fin Mordomo, que había permanecido callado durante todo el rato.
- Si no te callas lo subes andando.
- Ni en pedo, pelotudo.
Pegué un acelerón y la moto protestó con un zarandeo. Empezamos a avanzar por la carretera escarpada. Conseguí a duras penas enderezar la moto tras la primera curva. Fefa comenzó a toser y a traquetear y a ahogarse. La velocidad descendió a los veinte por hora. En el GPS, la altitud llegó a los cuatro mil quinientos cincuenta. Seguimos rodando a paso fúnebre y enfrentamos la siguiente curva. La velocidad descendió a quince por hora, y después a diez. La moto se estaba ahogando de un modo tan evidente que daba lástima escucharla. Cuatro mil seiscientos. Empecé a pegar saltitos para ayudarla, y luego apoyé los pies e intenté empujarla a trompicones. Cinco por hora. A mitad de la cuesta, con cuatro eructos ahogados y muy dramáticos, se paró, casi tirándome al asfalto. Cuatro mil seiscientos cincuenta metros de altitud. A ciento y pico de kilómetros de cualquier signo de civilización. Y diez grados bajo cero. Solté un grito de ira que retumbó sobre las montañas peladas. Remolqué la moto hacia el arcén de grava. La enderecé de una patada y la contemplé furioso. Intenté arrancarla un par de veces sin éxito. La moto no iba a moverse de ahí sin ayuda.
Consideré la opción de parar algún pick-up y ofrecerle mi cuerpo a su conductor a cambio de que subiera la moto a su maletero, pero la verdad es que apenas tenía fuerzas para moverme. Me dolía la cabeza, el corazón parecía salírseme de la cavidad torácica y me sentía bastante mareado. Lo peor de todo es que la cumbre estaba a menos de un kilómetro, sólo cuatro curvas más allá. Intenté calcular cuánto tenía que subir. Consideré la opción de empujar la moto cuesta arriba, pero sólo enderezarla me había dejado al borde de la extenuación. Y entonces osé.

La osadía

Intervención mecánica en mitad de los Andes

Intervención mecánica en mitad de los Andes

Un par de días antes había consultado a mi amigo Juan sobre la posibilidad de quitarle el filtro a Fefa para permitir más entrada de aire al motor. Juan, que ha trabajado muchos años de mecánico, me dijo que a ser posible no lo hiciera, y que al menor indicio de polvo, detuviera la operación. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Me puse manos a la obra. Arranqué a mordiscos y tirones el depósito, que pesaba media tonelada, y desmonté con dedos trémulos la tapa del filtro del aire. Se me cayeron casi todos los tornillos al suelo. Mi respiración se hacía cada vez más fatigosa. Las manos se me estaban congelando. Volví a montar a Fefa e intenté arrancara. Sólo obtuve unos peditos ahogados.
- Pelotudo- dijo Mordomo sentado en una roca cercana.
- Cállate, tiene que llegar la gasolina al carburador.
- No va a arrancar ni al pedo. Tenés que dar vuelta.
- Cállate de una puta vez.
Intenté arrancarla de nuevo, y de nuevo se negó a soltar más que un par de estornudos que se perdieron en ecos débiles sobre mi cabeza.
- Ché, ¿abriste las canillas?
- ¿Las qué?
- Las canillas, pelotudo.
- ¿Qué cojones son las canillas?
- Lo que cerraste para sacar el depósito, boludo.
Mierda, los grifos del depósito. Me bajé de la moto jadeando. Cada movimiento era un suplicio. Me acuclillé y los observé largo rato, intentando decidir si estaban abiertos o cerrados, algo que jamás tuve demasiado claro. Los giré media vuelta. Me volví a subir a la moto y accioné el contacto.
Libres de la restricción del filtro, enormes bocanadas de aire penetraron por las toberas de la moto e inundaron el carburador de oxígeno. Fefa arrancó al instante con un sonido poderoso como el rugido de un león cavernario sacado de su letargo invernal. El sonido era tan rotundo, grave y aterrador que Mordomo y yo pegamos un respingo.
- ¡¡¡SOS UN CAPO!!!- gritó Mordomo subiéndose a la grupa de la moto.
- ¡¡¡SOY UN CAPO!!!- contesté yo soltando el estribo y pegando un par de acelerones que retumbaron en las paredes de la montaña. Solté suavemente el embrague y la moto pegó un salto lleno de vida y comenzó a subir por la escarpada pendiente. Diez kilómetros por hora. Me atreví a acelerar un poco más y Fefa respondió suavemente, como una aristocrática dama ejecutando un paso de baile rutinario. En precario equilibrio, la llevé a los veinte por hora. Cuatro mil setecientos metros de altitud.

Cuatro mil ochocientos veintinueve

Cuatro mil ochocientos veintinueve

- ¡¡¡¡¡DALE, DALE, DALE, DALE, DALE!!!!- grité con un nudo en la garganta. En ese momento sólo quería echarme a llorar. Metí segunda y giré el acelerador al máximo. Fefa respondió de inmediato gruñendo. Treinta por hora, cuarenta. Cuatro mil setecientos cincuenta metros y una curva. Describí un amplio giro invadiendo sin miramientos el carril contrario. Pegué otro acelerón y la moto se puso a cincuenta kilómetros por hora.
- ¡¡¡¡POTENCIA FEFAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!! – aullé completamente fuera de mis casillas.
Seguimos subiendo con un poderoso gruñido brotando de las entrañas de la moto. Sesenta por hora. Cuatro mil ochocientos metros y la última pendiente. Cuando coroné la cumbre, con los ojos cubiertos de lágrimas por la emoción y el frío, me detuve con un frenazo para hacerle una foto al GPS. Cuatro mil ochocientos veintinueve metros de altitud y una enorme planicie delante de mi. Decidí entonces que íbamos a hacerlo a lo grande. Pegué un acelerón que sacó a Fefa de su letargo y metí segunda, y luego tercera. La carretera descendió suavemente a los cuatro mil setecientos cincuenta metros y yo aproveché el declive para acelerar más. Setenta por hora. Ochenta. Noventa. Ciento diez. Los matojos moribundos que salpicaban la planicie se convirtieron en un borrón marronaceo. El cielo azul fue mi cómplice en su inmovilidad. Las líneas de la carretera se disolvieron en una mancha gris. Ciento treinta kilómetros por hora y una carcajada sonora inundando el interior de mi casco.

Habíamos vencido a los Andes.


(*) Para más información sobre quién es Mordomo, refiérase al post Rumbo al Valle de la Luna

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