close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

La mañana se desperezó suavemente sobre Buenos Aires. Me había prometido salir lo antes posible, pero conseguir un seguro de moto resultó ser una tarea ligeramente más compleja de lo que esperaba. Ya se sabe, Argentina: Colas, mate, calma chicha, gente que no se sabe muy bien qué quiere o qué hace, vaya a esta ventanilla de acá, lleve el recibo al Pagofácil, el sistema no funsiona, capaz mañana.

Patagonia: capillita dedicada al Gauchito Gil

Patagonia: capillita dedicada al Gauchito Gil

La muchacha de la agencia se apiadó de mi todo lo que pudo, pero se vio en la obligación de aplazar poco a poco la emisión de la póliza por diversos motivos burocráticos -la gente que tenía que darle la cotización se había ido a hacer algo a alguna parte-. Se acercó la hora de comer, así que bajé a un McDonald’s algo enfurruñado: Buenos Aires estaba resultando ser ligeramente pegajoso. Por fin, a las tres de la tarde emergió de las entrañas de la agencia de seguros un muchachillo de barba rala y aspecto infinitesimal, y me entregó una bolsa con los tan ansiados papeles. Se la arrebaté de las manos como un corredor de relevos y salí atropelladamente a la calle. Fefa se portó: un par de ronroneos, un par de saltos, como desperezándose después de un período tan largo de inactividad. La caspa de la ciudad se sucedió durante unos cincuenta kilómetros, y dio paso a llanuras con leves lomas verdes que se repetían suavemente a ambos lados de la autopista. La noche emergió de la nada a la altura de un pueblito roñoso de casitas bajas agonizantes llamado Dolores. La propietaria de un pequeño hotelito me indicó amablemente cómo ir al único restaurante del pueblo, que acogía a la flor y nata de la región: un par de abuelos encopetados, una pareja furtiva de maduriles señorones devorando un arroz de mariscos, una señora escuálida picando como un ave zancuda un platito de ensalada.

El pit-stop de Fefa en Mar del Plata

El pit-stop de Fefa en Mar del Plata

Mar del Plata (panorámica)

Mar del Plata (panorámica)

A la mañana siguiente decidí emplear la jornada en encontrar el rancho que acogió a mis bisabuelos cuando emigraron a Mar del Plata, a principios del siglo XX. El paisaje persistía: lomas suaves, aterciopeladas, una carretera rectilínea obedeciendo ductilmente las suaves inclinaciones del terrero. El día estaba hermoso: un calor débil oreaba los campos y una tremolina brisa desperezaba timidamente las copas de los árboles y desprendía sus primeras hojas muertas como quien deshoja una margarita. Al borde de la carretera, asistía al espectáculo de la infancia de las afueras de una gran ciudad: niños de polvo jugando a arrastrarse sobre neumáticos grandes y gastados, haciendo los recados, caminando en pony por la vereda. Aparecieron las primeras capillitas en honor al Gauchito Gil, una especie de santo de las carreteras al que se tiene ciega devoción, y al que se erigen casetitas de hojalata pintadas de rojo donde se ofrece tabaco, vino y moneditas. Al llegar a Mar del Plata y comprobar que era una ciudad grande y abastecida, la paranoia que llevo arrastrando desde hace ya varios días me hizo pararme en una casa de recambios e improvisar un pit-stop de fin de jornada: Fefa llevaba con el mismo filtro de aceite desde Rusia y con el mismo lubricante desde Pakistán, así que le di un mimo que la dejó como nueva: Ella me lo agradeció encabritándose suavemente. Dormimos en un hotel carísimo a dos cuadras de la deliciosa costanera. Mar del Plata es una hermosa ciudad balnearia de avenidas rectilíneas, grandes espacios ajardinados, edificios altos y coquetos. Tiene el encanto decadente de Buenos Aires sin asfixiar tanto como él. Preside la ciudad una bella bahía dorada que desparrama arena muy fina al Atlántico.

Control de entrada a la Patagonia

Control de entrada a la Patagonia

La infinita llanura

La infinita llanura

Puesta de sol en Las Grutas

Puesta de sol en Las Grutas

La Patagonia apareció después. Y el viento. Era tal su furia, que el depósito de Fefa se vació cien kilómetros antes de lo previsto por luchar contra su fuerza indómita, y tuve que dejarla en el arcén para ir a por gasolina subido a un camión conducido por un tano: hijo de emigrantes italianos. Al principio, las suaves lomas que me habían acompañado tímidamente me fueron abandonando, y dieron paso a una vasta extensión de planicie que se fue despojando de arbustos hasta que unicamente los rastrojos parecieron ocupar el mundo entero. La carretera dejó de regalarme las suaves curvas, y poco a poco las rectas empezaron a hacerse interminables. Como una última burla, se presentó al atardecer a la izquierda de la carretera un encantador pueblito fantasma: Las Grutas. Un frío glacial ululaba por sus calles desiertas. Había llegado como un manto gris el fin de la estación turística. Los negocios estaban todos cerrados, apenas subsistían un pequeño hotelito austero y sucio en el que me alojé, una confitería donde me atiborré de alfajores, un restaurante del que yo era el único cliente, y una desconcertante tienda de ropa india para perroflautas. El hotel -que parecía sacado de una mezcla de Cuéntame y El Resplandor- era más caro incluso que el de Mar del Plata: poco a poco me fui dando cuenta de que la hostelería, a medida que descendía al Gran Sur, se iba haciendo más y más cara y de peor calidad. Al día siguiente aparecieron los primeros guanacos, de aspecto entre aristocrático y bobalicón. Se acercaban a la carretera y me miraban pasar, desconcertados, rumiando y cavilando sus penas, observándome impasibles con sus grandes ojos como lagunas. Si les pitaba, enloquecían de repente y salían huyendo, dando grandes zancadas dignas de un atleta. Un pequeño armadillo me vio pasar con gran indiferencia. Dos fabulosas liebres patagónicas del tamaño de un niño se quedaron atrás hociqueando y observando a su alrededor como una pareja de ancianas miopes y puntillosas. Y entonces apareció la Península Valdés. Era tal la variedad de fauna que iba encontrándome -incluso una horrible tarántula hizo dramático acto de presencia en la casita de información turística a la entrada de la península-, que llegué a creerme que realmente vería los prometidos leones marinos, pero no fue así. Pernocté en el pequeño pueblo de Puerto Pirámide, un lugar -según me explicaría un hombre ocioso en un restaurante días después- “donde no hay nada pero hay que ir a verlo”. En la Península Valdés tuve mi primer encuentro con el ripio, un tipo de carretera absurda hecha de tierra prensada y una fina y peligrosa capa de talco que hace deslizarse la moto como si patinara sobre hielo. A mi entender, si no hicieran carretera darían un mejor servicio que con el famoso ripio.

Patagónica Fefa (panorámica)

Patagónica Fefa (panorámica, click para ampliar)

El sobrevalorado Estrecho de Magallanes

El sobrevalorado Estrecho de Magallanes

La vacaburra en Tierra de Fuego

La vacaburra en Tierra de Fuego

Mal llamada Tierra de Fuego

Mal llamada Tierra de Fuego

Continué entonces descendiendo hacia el sur. Los pícaros ñandúes hicieron entonces compañía a los guanacos. Eran como grandes pelotas de pluma encaramadas a dos pértigas que, subitamente, se deshacían como pompones enloquecidos cuando pasaba cerca de ellos. Puerto Pirámide dio paso al fétido Puerto Madryn, Puerto Madryn a Comodoro Rivadavia y Comodoro a Puerto San Julian. En el GPS me sedujo el nombre de un hotel: La casita de Kitty. Resultó ser una modesta pensión no lejos de la única gran calle del pueblo: cuando la recorría en la gélida noche buscando algun lugar donde cenar, se fue la luz en toda la localidad, dando paso a una miríada de estrellas que guiñaban sus ojitos diamantíneos, traviesas. La calle fue tomada por jóvenes con exceso de testosterona que hacían carreras desesperadas en coches paupérrimos tuneados con lo que encontraban más a mano. Los entendí.
El otoño por fin me alcanzó en Río Gallegos, a punto de cruzar a Tierra de Fuego. Asomé mi cabeza despeinada por la ventana del fúnebre hotel en el que me alojaba, y descubrí unos enormes nubarrones grises que se cernían sobre el asfalto. Di gas y los dejé atrás: una enorme corona azul se divisaba a lo lejos, al final de la interminable recta. Tras muchos minutos, la corona fue agrandándose, y finalmente un destello vaporoso de sol me cegó: había ganado a la borrasca. Sin embargo, por fin me dio caza en cuanto entré en Chile, tras dejar atrás el Estrecho de Magallanes.
En ese momento, cayó una importante tromba sobre mi. Atardecía, el frío era atroz y la carretera un barrizal infame. Logré culear hasta un albergue delicioso regentado por una señora agradabilísima, que me cobró lo que le dio la gana por una merecida ducha hirviente y una cena deliciosa, algo que yo admití sin rechistar, al fin y al cabo esa mujer había arrastrado al medio de la nada cada tablón y cada pieza de mobiliario que había allí, algo digno de admiración. La mujer -que lo dejó todo por amor treinta años atrás y se fue a vivir a Ninguna Parte con su marido- subsiste con un generador eléctrico en precario equilibrio con el Cosmos, preparando salsas deliciosas y bocadillos exquisitos.

Al día siguiente amaneció nevando. Una fina capa de escarcha cubría el colorido dibujo pakistaní del depósito de gasolina de Fefa. Decidí arrebujarme tímidamente en la habitación a ver películas que me había descargado ilegalmente a mi ordenador empleando para ello páginas en las que se ofrecen, vulnerando la ley, listados de material protegido por derechos de autor. Cuando al día siguiente despuntó un sol muy tímido entre inmensos nubarrones grises, di por fin el salto entre montañas y bosques, lagos y majestuosas curvas, al Fin del Mundo: Ushuaia.

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