close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

A continuación, el reflejo audiovisual del zarandeo físico y anímico al que me he visto sometido en el país más extremo y dificil de los que he visitado en este viaje. Es este un lugar en el que sufres mucho, constantemente, un lugar con fugaces destellos de belleza abrumadora y largos momentos de náusea, un lugar que no te da tregua. Tu cuerpo y tu alma se resienten cada segundo que pasas en India. Te invito a que conozcas un país increíble. En todos los sentidos.

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Esto es lo penúltimo que voy a decir de India. Y no será lo màs fuerte.

Pese a lo que pudiera parecer por las arrobadas crónicas de turistas cegados por el halo de misticismo y espiritualidad que se ha ganado el país, India es una cloaca deplorable. Eso de que “ellos son felices con nada” es mentira. El grado de abandono físico y moral de sus habitantes es alarmante. El país entero se encuentra al borde de la epidemia. Las gentes viven encaramadas en montañas de basura, rodeadas de animales de todo tipo cubiertos de costras, chapoteando todos por igual en los detritus y asfixiados por la contaminación. Y lo peor es que se han acostumbrado, y ya no parece importarles lo más mínimo, conviviendo de forma natural con la mierda, los cadáveres y la infección, como si hubieran asumido que el estado natural del hombre es la sepsis.

NOTA: Adelantándome a las susceptibilidades heridas del lector, me veo en la obligación de aclarar y advertir que los artículos de esta página reflejan mi opinión personal, sesgada y parcial. Para algo la página es mia. Si quieres un artículo neutral sobre los países que visito, ve a la Wikipedia.

Los habitantes de India, como respuesta a la asfixiante superpoblación en la que se encuentran inmersos, se encierran en un egoísmo atroz, y hacen como si los demás no existieran: en las colas, en las carreteras, el primero soy yo, el resto de la gente no está ahí. La gente caga, mea, escupe, arroja porquería en medio de la calle ante la apatía del resto, y mostrando una absoluta indiferencia ante la remota posibilidad de que sus actos puedan molestar al prójimo. El estado no pone fin al acuciante problema de seguridad vial -más de 200.000 muertos anuales- porque constituye una forma barata de controlar la superpoblación. El cincuenta por cien de los niños de India sufren abusos sexuales. El veintiocho por cien de sus mujeres jamás aprenderá a leer y escribir. Está prohibido conocer el sexo del feto para evitar abortos selectivos, aunque eso no impide el asesinato de miles de niñas recién nacidas en todas las provincias del país. Todo esto, no obstante, no son más que cifras que no te dicen nada, sólo cobran vida cuando te sumerges en un barrio de chabolas habitado por dos millones de personas que jamás podrán salir de él o cuando te encuentras paralizado, en una nube de vapores sulfurosos y un charco de estiércol pútrido, en un atasco cualquiera de una ciudad cualquiera. No son más que cifras que esbozan un panorama que resulta hiriente en los detalles más infinitesimales: niños de ocho años arrastrando pesados fardos bajo el sol, viejos abandonados en las esquinas con la muerte dibujada en el rostro, casas de cartón sepultadas bajo montañas de escombros y estiércol. Nos dicen que India es espiritual, pero yo sólo he encontrado a mi paso profunda superstición: gentes ignorantes, temerosas de los dioses, que adoran cualquier cachivache que se le ponga por delante. Medran en las calles templos diminutos en los que se rinde aterrada y desesperada pleitesía a una piedra cubierta de papel de aluminio o pintada de minio. Si dejas cualquier cosa que tenga un par de ojos olvidada en una esquina, ten por seguro que al día siguiente tendrá a su alrededor a un mínimo de cincuenta indios ebrios de temor, encendiéndole barritas de incienso. Los babas, tan admirados en la escena new age, no son más que viejos rústicos enfundados en una sábana ajada. Le di la oportunidad a tres de ellos para que me deslumbraran, y los tres me parecieron pueriles e ignorantes y sus enseñanzas vacías. Me resulta inconcebible que alguien pueda volver de la India arrobado por su “cultura” y la “sencillez de sus gentes” y su “misticismo”: si conoces a alguien así, ten por seguro que, o bien es imbécil, o bien está afirmando que el traje del emperador es muy hermoso. ¿Puede un país que se jacta de ser una potencia mundial permitirse una población que vive inmersa en el caos y la miseria de semejante forma? ¿Puede un país que va a enviar a un hombre a la Luna y que posee un programa nuclear avanzado hacer la vista gorda ante la inmensa mortalidad infantil, ante aberraciones como las que a diario se viven en las calles infrahumanas e infectas de sus ciudades?.
No nos engañemos: esto no tiene nada que ver con la pobreza. Escribo desde Nepal, un país mucho más pobre, en el que sin embargo el aire está limpio, las casas están recién pintadas, y la basura está recogida. Vengo de Pakistán, un país azotado por las fuerzas de la naturaleza donde la gente no tiene nada y sin embargo mantiene un nivel de humanidad admirable. El abandono de India no es fruto de la penuria, sino de la pérdida absoluta de dignidad.

Detalles logísticos del ricochet por India

Mimetizado con la fauna local, en mi moto alquilada en Hampi

Mimetizado con la fauna local, en mi moto alquilada en Hampi

Decidí dejar la moto en Jaipur al comprobar que, en modo alguno, podría llegar hasta Goa y Hampi antes de que me caducara el visado, y un tanto alarmado por la infección que creía en mi rodilla. El trayecto Jaipur-Bombay lo efectué en avión (unos 45 €, una hora de vuelo). Ver Bombay me llevó dos días y tres noches. Me resultó práctico alquilar un conductor que, a lo largo de cinco horas y por unos 5 €, me mostró los rincones más pintorescos de la ciudad. Le expresé mi intención de visitar los slungs para grabar un vídeo, así que nos paramos en un par de enormes barrios de chabolas de chapa, cartón y lonas azules de plástico. Nada más bajarme, se hizo evidente que era imposible grabar ahí: Los niños, a millares, surgían de debajo de las piedras y me rodeaban como una manada de monos enloquecidos, mendigando unas rupias de forma casi violenta. Los slungs son muy distintos a como los imaginaba: creía que serían barrios mortecinos y apagados, sin movimiento apenas, pero resultaron ser una trepidante eclosión de vida y actividad. Aun así, el nivel de degradación que viven sus habitantes es difícil de comprender y asumir.
A continuación, tomé un tren a Goa. Los trenes en India son una institución, la auténtica red capilar que mantiene el país en marcha y que emplea a más de millón y medio de personas. Para bajar al sur, has de tomar un tren de la Konkan Railway. En primera clase, con aire acondicionado, el trayecto cuesta 12 € y su duración ronda las 11 horas. El asiento, aunque octogenario, es confortable. Las vistas son espectaculares, porque la vía se adentra en una región montañosa y densamente poblada de vegetación tropical, con abundantes cascadas e interminables túneles. En Goa es posible alquilar todo tipo de vehículos para desplazarse entre ciudades o acercarse a las paradisíacas playas de la región: probé el rickshaw, el autobús y la moto-taxi. En general, Goa es un estado fascinante y merece una visita detallada: en él puedes encontrar cultura, gastronomía, baratijas y playas a partes iguales, y nada de lo que allí veas puede defraudarte, si bien has de recordar siempre que eso no es la India de verdad, sólo es una ensoñación post-hippy. Sólo estuve en Goa tres días, que me permitieron visitar las playas del norte -con sus deliciosos mercadillos- y del sur, y la increible Old Goa con sus asombrosas iglesias coloniales que parecen haber sido traídas desde Santarem ayer mismo. Desde Goa tomé un tren a Hampi (segunda clase, 2€, 10 horas). Hampi es una región deliciosa, y sólo su difícil acceso explica la ausencia de turistas. Capital del Imperio Vijayanagara durante los siglos XIII-XVI, es en la actualidad un misterioso complejo de rocambolescos templos de una belleza salvaje, incrustados en enormes plantaciones de bananas. Su población principal es un larguísimo bazar flanqueado por dos templos, uno de los cuales, todavía en uso, aloja un elefante hembra que, a cambio de unas rupias, te bendice golpeándote la cabeza con su trompa con cierto desdén. El pueblo-bazar está construido -por decirlo de alguna forma- al amor de las viejas piedras de los templos, y cuenta con decenas de guest-houses muy económicas. Para recorrer los templos alquilé una pequeña moto de cuarenta centímetros cúbicos por 1.5 €. Es un paseo agradabilísimo que no lleva más de una tarde si se hace relajadamente, parándose con frecuencia a admirar las viejas edificaciones y sus barrocas esculturas.
Un autobús nocturno te traslada desde Hampi a la capital del estado, Bangalore. El autobús (9.5 € en litera) es insufrible: ni siquiera el Valium que me tomé pudo con el traqueteo, los bocinazos, los bandazos, los chillidos, soplidos, carraspeos, toses y pedos de los viajeros, así que fue una prescindible noche en vela zarandeado en el camastro viendo películas piratas en el portátil. Por fortuna, el Valium consigue que todo te de absolutamente igual y el trayecto drogado -siete horas- se hace relativamente soportable. No me paré en el sulfúrico y estridente caos de Bangalore, de la estación de autobuses me fui directamente al aeropuerto, donde tomé un vuelo de regreso a Jaipur -100 €, cuatro horas con una escala-.
A continuación, te presento un mapa para que te hagas una idea de la magnitud del trayecto. Verde en moto, azul en avión, amarillo en autobús y rojo en tren.

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