close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Mi llegada a la Costa Dálmata fue ciertamente accidentada. Enfilé Eslovenia con mi habitual grito de triunfo al cruzar la frontera, y el GPS me indicó una radiante autopista que se abría paso entre lomas frondosas y suaves. Al llegar al peaje, observé que los coches pasaban sin parar con total naturalidad por una de las cabinas, y la otra, donde estaba apostada una cajera malhumorada, indicaba una señal de dinero. Paré ante la mujer, y me quedé mirándola, a la espera de que me comunicara una cifra. Ella me miró a mi. Se produjo un silencio incómodo.
- How much?- dije para romper el hielo.
- Viñete- respondió sin inmutarse.
- ¿Viñete?- pregunté.
- Viñete- contestó. Esa vía de la conversación parecía ya agotada.
Apareció entonces de la nada una buenorra enfundada en un chaleco fluorescente y armada con una señal de stop.
- ¿Viñete?- preguntó la buenorra.
- ¿Qué coño es viñete? – respondí, un poco exasperado.
- Please… here- señaló la buenorra para que me parara en el arcén. Luego me miró ceñuda-. Documents, please.
Mis reflejos estaban bastante mermados por el calor, así que no se me ocurrió entablar una ardua conversación con ella sobre si tenía o no autoridad para pedirme papel alguno. Como un corderillo, intimidado por sus preciosos ojos azules, saqué la documentación y se la di. Se tomó un rato para observar la matrícula, la moto, mi pasaporte, a mi. Finalmente, intervino con una reflexión inesperada.
- ¿Viñete?- preguntó.
- Ay qué cojón con la viñete de los huevos, que nadie sabe decir más que viñete viñete viñete- respodí algo cansado de la situación.
- Come with me- dijo por fin la buenorra, escoltándome hasta una furgoneta en la que había agazapado un hombrecillo detrás de un ordenador. Como era de esperar, lo primero que me preguntó el hombre fue “viñete?”, a lo que no supe qué responder, por lo que me desinflé un poco. Echó un vistazo a mi pasaporte, se giró, sacó una hoja de una carpetita y me la entregó con un gesto lánguido. Leí la hoja, estaba en Español macarrónico.

Para paso de autopista todos ciudadanos deben estar poseedores de una viñeta. La viñeta compra oficial debe realizarse en el frontara y debe colocar en una lugar visibla de la veícula. La multa por no poseer viñeta es de 150 Euros si paga en momento, o 300 Euros si paga a continuación. El funcionario tiene derecho a retener su documenta hasta usted paga la multa. En resumen, blablabla dslkfjlsdfj lkfdsjdlfkas ñañañaña paga, estúpido extranjero de los cojones, y deja de dar la murga

Observé que había dos furgonetas más y que aquello era un control de viñetas en toda regla. Los ciudadanos sin viñeta caían como moscas, y su reacción usual era gritar enfurecidos, hacer gestos obscenos a la buenorra del chaleco fluorescente y patear con ira la furgoneta del control.
- Yo no he visto nada en la frontera- dije en Inglés al hombrecillo poniendo cara de pena. El hombrecillo sacó de su carpetita mágica una foto plastificada de la frontera, con un cartel de “viñeta” perfectamente visible, resaltado con un círculo rojo. Es evidente que sólo alguien informado de la necesidad de comprar una viñeta sabría qué diablos representaba aquel cartel, pero está claro que en la frontera vendían viñetas y yo no había comprado una.
- Total, que toca apoquinar- le dije al hombrecillo a modo de resumen.
- ¿You pay now?- contestó con cara de poker.
- Yes, pay now. Visa?
- Visa OK.
Ni que decir tiene que, después de ese ultraje, pasé por Eslovenia como una exhalación para entrar en Croacia todavía furioso. No obstante, tuve humor de parar en Postojnska Jama, una gruta de cuento de hadas que penetra cinco kilómetros en el interior de una montaña y que alberga una colonia importante de peces humanos, salamandas ciegas llamadas así porque su piel parece de una persona -en concreto, recuerdan vivamente a un sueco albino de rostro severamente despistado-. Lo cierto es que no me puedo resistir a una buena cueva, y Postojnska Jama es de las más bellas que he visto en mi vida.

Fefa ante la frontera de Croacia

Fefa ante la frontera de Croacia

Croacia fue la primera frontera con aspecto de frontera que he encontrado en mi trayecto. Había guardias e incluso miraron mi pasaporte. Mi primera presunta parada era Rijeka, donde pretendía buscar algun tipo de alojamiento. A medida que circulaba por sus calles vetustas, iba observando con más y más irritación que el ocaso se acercaba y no había alojamiento alguno en las inmediaciones. Rijeka es una ciudad bastante grande, con unas instalaciones portuarias gigantescas, sucias y desangeladas y muchos edificios de los años veinte que piden a gritos una buena mano de pintura. El único hotel que encontré se hacía llamar Grand Continental y hacía honor a su nombre exibiendo vidrieras, dorados y un pequeño ejército de botones con uniforme, por lo que rogué encarecidamente al GPS que me sacara de allí lo antes posible. Nada más dejar atrás el fuerte olor a pescado y brea de Rijeka y sus cafés al límite de la desintegración senil, cayó la noche en un polígono industrial semiabandonado. Antes de partir, había prometido a mi abuela que no conduciría de noche, y nada más llegar a un país moderadamente hostil estaba incumpliendo esa promesa. Los faros SW-Motech extra que monté en las defensas me hicieron algo de compañía amable en la oscuridad reinante. No así el tráfico: de repente me vi atrapado en una carretera zigzagueante atestada de locos furiosos cuya única obsesión en esta vida parecía ser incumplir al menos tres reglas de circulación en cada maniobra. Sintiéndome vulnerable y desvalido seguí el camino hacia Splitz, prometiéndome que en cuanto encontrara un alojamiento de cualquier tipo, me pararía. Los kilómetros se fueron haciendo eternos, hasta que me di por vencido y supliqué al GPS que me indicara dónde se encontraba el hotel más cercano. Pedir el comodín del GPS a estas alturas es hacer un poco de trampa, pero nadie me estaba viendo en ese momento. En la lontananza aparecieron unas luces, y esas luces se convirtieron en un diminuto poblado atrapado entre las rocas. Podía oler el mar a escasa distancia. Aparqué la moto delante de algo similar en forma y color a un hotel, y de la penumbra emergió un chico de unos veinticinco añós.
- Do you speak English? – preguntó.
- Yes – contesté, dispuesto a encarar con diplomacia el aluvión habitual de preguntas sobre mi procedencia y la moto.
- Tengo una habitación particular por 20 euros la noche- me informó en Inglés, terminando la frase con una sonrisa falsa que venía a decir “ahí te las den todas”. Observé que la sonrisa era su tic personal, acababa todas sus frases así.
- ¿Tiene garaje?
- No, pero aquí no hay nunca problemas, puede aparcar justo delante, “ahí te las den todas”.
- ¿Internet?
- No, pero en ese hotel tampoco, “ahí te las den todas”.
- ¿Desayuno?
- No, “ahí te las den todas”.
- Veinte euros, ¿eh?
- Sí, “ahí te las den todas”.
Evidentemente, no podía resistirme a la posibilidad de ser atracado y violado por una banda de maleantes enloquecidos especializados en moteros perdidos en la noche croata, así que segui al muchacho en catedralicio silencio por las callejuelas desiertas de aquel lugar perdido de la mano de Dios. Cinco minutos más tarde, me vi solo en una habitación que quizá habría encantado a un hijo putativo de Antonio Alcántara y José Benito de Churriguera. Una campana de una iglesia sonó demasiado cerca. Decidí bajar a cenar, resistiendo a duras penas la tentación de patear a los empalagosos gatos de la vieja propietaria de la casa.
Descubrí que el pueblo tenía dos restaurantes. Uno de ellos, el del hotel que acababa de descartar. Otro, más animado, estaba regentado por el dios Neptuno. Me acerqué a la barra, y le pregunté a Neptuno qué podía cenar. Respondió en italo-alemán que sólo servía pescado, claro. Le dije que me parecía perfecto, y me invitó a que me sentara. Le pregunté cuánto me costaría cenar, y contestó que veinticinco euros. Lo siguiente que Neptuno vio fue mi cogote alejándose a buen paso. Entré en el restaurante semi desierto del hotel. Al fondo, me observaban con cara aburrida una camarera joven pero no demasiado agraciada, una cocinera octogenaria, un señor de Murcia y el padre de todos ellos. Me senté cautelosamente. La cocinera dijo algo con un tono terrorificamente despectivo y todos se pusieron a reir como locos. Ojeé la carta hasta que se acercó la camarera.
- Hldhflkashjfslkh.
- No hablo croata, lo siento.
- Hlkhjsakjlksf.
- Sepia a la brasa.
- Hiusdhfiahj.
- Agua bien fría.
- Ñeeé sdkkfaslk.
La camarera se fue refunfuñando. Pronto oí un coro de risas histérico proveniente de la cocina. Me giré y vi que todos estaban mirándome y celebrando algo con gran alborozo. Me levanté ofendidísimo y me fui castigado a la cama sin cenar. La iglesia cercana estuvo toda la noche recordándome su presencia, rivalizando con un reloj de cuco propiedad de la vieja de los gatos. No paraba de repetirme que iba a odiar Croacia, qué desilusión, con las ganas que tenía de conocerla.

A la mañana siguiente descubrí que el pueblecito estaba embutido en una cala deliciosa de aguas limpísimas y rocas blancas salpicadas de retama. La moto ronroneó espantando a los gatos de la vieja y llamando la atención a toda la plaza. Una colonia de hormigas había decidido devorar a Fefa lentamente durante la noche, empezando por todos los mosquitos aplastados contra su morro. Emprendí el camino muy temprano, sólo para comprobar que los locos furiosos de la noche anterior se habían reducido a una presencia casi residual y que podían ser evitados haciéndose a un lado educadamente cuando se los oía llegar acelerando como dementes suicidas. El prometido paraiso croata se desplegó entonces ante mi. Esas curvas deliciosas caracoleando al borde del mar. Esos bosques de retorcidos bonsais desparramándose sobre aguas turquesas. El cielo salpicado de nubes catedralicias. El olor a sal y a hierba recién cortada. Las calas diminutas salpicadas de reflejos diamantinos. El aire limpio. El mar.


(Galería aquí)

He llegado a Split al atardecer. Tras bañarme en el Adriático, he descubierto una ciudad deliciosa. El sol ha estado recalentando sus empedrados y sus edificios y sus iglesias y sus plazas y, por la tarde, cuando baja la marea de los turistas de los trasatlánticos, sus piedras resquebrajadas adoptan un aspecto fantasmagórico e irreal. Huele a pan, a sal, a especias, a ropa recién tendida, a sudor, a helado. Juegan los niños por sus plazuelas. Un chuloputas con cadena de oro, sin camiseta, habla por el móvil acodado en un balcón. Suena el partido del Mundial de fondo en cada terraza y un politono tras una ventana y una campana en una iglesia. Una vieja riega las plantas, y otra tiende camisas. Las lascas de caliza del suelo están tan gastadas por los pasos de millones de pies que ahora son suaves como la piel de la vulva de una puta de lujo. Grandes avenidas y plazas tomadas por los peatones que comen helado y van cogidos de la mano. Un niño corre descalzo y tropieza. Una pareja se come los morros y se frota bajo una farola. En el malecón se apiñan carritos de la compra donde los adolescentes han transportado bebida. Ahora se emborrachan. Es luna nueva. Apenas una pequeña y tímida estrella despunta en el cielo. Se balancean los barcos de recreo en el muelle. Llega, empujado por el viento, el sonido tímido y pálido de una orquestina desde un trasatlántico. Un hombrecito intenta vender las últimas gafas de sol a la luz de un candil de gas que sisea como un áspid. La ciudad revive cuando el día muere.


(Galería aquí)
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