close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Kazajastán, con sus infinitas praderas, sus imposibles puestas de sol, su aridez lunar y sus gentes entusiastas y sonrientes, está resultando ser todo un descubrimiento. El inevitable lío de visados me obliga a pasar aquí un tiempo anormalmente largo, pero disfruto de este ambiente enrarecido, casi setentero. Astana es una asombrosa planicie llena de edificios inverosímiles, construidos todos a toda prisa hace menos de quince años con un gusto dudoso, definitivamente poppy, asiático, chillón. Aunque pretende competir en modernidad, todo en Kazajastán tiene una pátina viejuna: me parece estar mirando una foto del viaje de luna de miel de mis padres en un olvidado álbum familiar. Sin suda, el viajero reconocerá reminiscencias soviéticas en lo que a su alrededor vea. Pero también encontrará guiños asombrosos al siglo XXI, como la ensoñación tecnológica de la capital, Astana, que emerge cual muñeco provisto de un resorte de entre los detritus y las planicies trufadas de caballos como una Cíbola de oropel o un Xanadú deliberadamente exagerado e histriónico.

(Quizá prefieras ver este álbum en un tamaño mayor como una presentación)

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