close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Nada más pisar la República Checa, algo te dice que estás en otro universo, regido por unas reglas ligeramente distintas a las del universo que has dejado atrás. De repente, el paisaje se llena de prostíbulos y de tiendas de licor y tabaco, y los precios descienden un veinte por ciento. Recuerdo un viaje a Tailandia en el que había incluida una pequeña extensión por el triángulo del opio, y se atracaba con una lancha en una pequeña aldea fronteriza de Laos, repleta a rebosar de tienduchas de alcohol y cigarrillos a precios ridículos. Me sentí allí, al ver a aquellas gentes traficando con los vicios confesables del Hombre, un poco como me sentí ayer nada más pisar la República Checa, un pueblo me sorprendió con tres o cuatro vetustos putiferios por manzana. En las paradas del autobús languidecían tricotando ajadas meretrices mirando cada camión como si fuera el último. ¿Qué pensará esa gente fronteriza de su vecino invasor?. El único contacto que tienen con el Primer Mundo es el de gente que para el coche el tiempo justo para comprar vodka y echar un polvo low cost. Si reducimos al hombre occidental a una parada de coche, ¿nos quedamos sólo con eso?.

Fefa saliendo de la Eurozona

Fefa saliendo de la Eurozona

Al salir del pueblo, divisé un pequeño parking rodeado de tenderetes de recuerdos. Sin bajarme de la moto me acerqué a ellos para curiosear. De repente surgió de la nada un rebaño de chinos famélicos haciéndome gestos para que parara y comprara alguna camiseta falsa, pajarera de hierro, o molino de madera de los que allí vendían. Sonriendo de oreja a oreja por haber salido indemne de la aventura, aceleré a la Fefa por las carreteras checas, sintiéndome por fin un poco explorador. La ruta deliciosa, desplegó ante mi un hermoso catálogo de curvas amplias atravesando bosques impecables y frondosos, subiendo y bajando pequeñas montañas romas y verdes.

Praga apareció muy pronto. Es una ciudad sin apenas suburbios, que surge sin avisar. En la carretera serpenteante que te deposita en un abrir y cerrar de ojos en el centro, encuentro decenas de puestecitos que anuncian servicios de alojamiento para turistas. Todos y cada uno de ellos parecen haber cerrado en la década de los cincuenta y acumulan polvo y telarañas y los candados que cierran sus puertas están herrumbrosos. Voy dando palos de ciego hasta que, bajo una tromba con gran aparato eléctrico, encuentro un hostel en el que me alquilan una habitación a muy buen precio y una plaza de parking que compensa con creces el precio de la habitación. Y ya estoy en Praga. Qué hermosa, hermosa, hermosa ciudad. Una acertada mezcla de Estambul, Lisboa y San Petersburgo, tres ciudades que yo adoro. De Estambul recoge el gusto por los bazares semiocultos y los cafés perdidos en plazoletas interiores que no conoce nadie. De Lisboa el empedrado del suelo y el gusto por lo antiguo y desvencijado. De San Petersburgo la suntuosidad que proporciona una historia milenaria que todavía hoy florece. Mozart tocó en sus Iglesias, Hitler aplastó sus calles, Franz Kafka y Milan Kundera se asomaron soñadores al Moldava, Dvořák y Smetana respiraron el mismo aire que respiro yo.

Con esta Praga milenaria, sobria, elegante y poética como telón de fondo, acompañado por esta bella dama ligeramente ajada pero altiva y orgullosa, lánguida y señorial, empiezo por fin a sentirme un privilegiado por poder hacer este viaje.

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