close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Entre trasgos y meigas, entre muertos que compran billetes de autobús, tras los acantilados más altos de Europa y en bosques encantados de eucaliptos, pinos y robles, el viajero que visita la costa norte de Galicia tiene garantizadas emociones fuertes y Síndrome de Stendhal. Te lo cuento en este vídeo.

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Despegando

Nuestra ruta comienza en la Península del Barbanza, un lugar delicioso trufado de aldeas de pescadores, con un mirador, habitado por potros salvajes, desde el que se puede contemplar las dos rías que la conforman. En sus bosques umbríos reposan también vestigios de la época neolítica entre susurros de brujas. El turista accidental que lo desee puede comer un arroz con bogavante en Corrubedo, tras haber abierto el apetito trepando por sus dunas. A mi, en todo caso, me seduce más el Castro de Baroña (en el vídeo), un poblado del siglo I AC que se adivina todavía en una pequeña península que se defiende como puede del oleaje y del viento mareiro.
A continuación, bordeamos la costa siempre hacia el norte. A nuestro paso, pueblos con encanto y cada uno con una historia que contar: Carnota tiene el hórreo más grande del mundo (propiedad, como no podía ser menos, del cura local). Camariñas recibe al visitante con el sonido de los palillos de hacer encaje entrechocando sin parar, y con ancianas de mirada limpia sentadas a la puerta de sus casas trabajando en las telas que parecen intrincadas elaboraciones de una araña especialmente meticulosa.

Cabo Ortegal, donde quiero que esparzan mis cenizas cuando me muera

Cabo Ortegal, donde quiero que esparzan mis cenizas cuando me muera

Y, claro, Finisterre, donde la tierra comienza y el mar acaba. Donde los peregrinos van a quemar sus botas ante el kilómetro cero del Camino y con el océano como testigo impasible. Donde comienza oficialmente la Costa da Morte. El visitante puede reponer fuerzas ahí para a continuación seguir rumbo al norte, evitar Coruña bulliciosa y Ferrol moribundo, para adentrarse en Valdoviño, un pequeño ayuntamiento costero que sedujo a Roman Polanski hasta el punto de rodar en él La muerte y la Doncella.

Donde los muertos compran billetes de autobús

Ahí empieza la costa a encabritarse. Tras el pueblo de Cedeira, la tierra y el mar se enzarzan en una pareja batalla, y arranca en ella la Serra da Capelada, que se eleva 700 metros sobre el nivel del mar antes de dejarse caer en picado en la espuma de las olas. Sobre el rugir eterno oceánico pastan los caballos salvajes y susurran su quejido los pinos. Entre sus pliegues, se esconde el delicioso pueblo de San Andres de Teixido. Cuenta la tradición que aquel que no haya ido de vivo, ha de visitarlo de muerto convertido en un insecto. Para evitar este trance, muchos familiares de difuntos recientes van en autobús y compran un billete para el muerto, permaneciendo durante todo el trayecto el asiento vacío. En San Andrés intentarán venderte toscas figuritas hechas de masa de pan, y podrás ver una pequeña capilla atiborrada de maquetas de barcos: regalos hechos al santo para conceder su favor ante el mar bravío.
Finalmente, acabaremos en Cariño, no sin antes prestar por última vez nuestros respetos al dios Atlante, titán condenado a soportar sobre sus espaldas los pilares que mantenían la tierra separada de los cielos. Para ello, visitaremos el Cabo Ortegal. Sus agujas de piedra se van hundiendo en el mar caprichosamente hasta desaparecer entre espuma y destellos de plata.

Puedes ver un mapa de la zona y diseñar tu propia ruta en este enlace.

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