close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Que el viaje de prueba transcurra por la costa atlántica no es casualidad. Por mis venas corre salitre de este océnano bravo y proceloso. Mis raices se funden también con la cultura portuguesa, y este recorrido que estoy haciendo también lo es por el interior de mi mismo.

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Constantemente vuelven a mi palabras, sensaciones e imágenes del arranque de mi adolescencia. Las marcas de refrescos, los giros y expresiones, los nombres de las ciudades, los sabores de las comidas, el empedrado de las calles, forman todos ellos parte del lenguaje icónico de mis recuerdos.

Somartis, o la cueva del tesoro de mi infancia

Pasteles de Belem, el sabor de mi infancia

Pasteles de Belem, el sabor de mi infancia

Un referente indiscutible de mi infancia es el de los almacenes Somartis, enclavados en el centro de Viana do Castelo, al norte de Portugal. El viaje desde Galicia a Lisboa era un rosario de deseos nunca colmados para mi: el pan con chorizo de la Sierra, la Ciudad de los Pequeños de Coimbra, y sobre todas las cosas, Somartis. Somartis era una caótica cueva de Alí-Babá en la que se vendían desde fósiles a caretas de carnaval, pasando por miniaturas de barcos, vasos multicolores, juguetes de plástico, discos de vinilo, muebles de pino y alfombras de Arraiolos. Recuerdo perfectamente el repiquetear de la lluvia sobre su tejado de hojalata, sus hileras infinitas de tesoros, la arcana trastienda atiborrada de alfombras tenuemente iluminadas de verde por las uralitas de plástico, y el aroma salvaje de sus tigres (porque en Somartis había varias parejas de tigres, además de algún mono histérico y un rebaño mansurrón de caballos).

Tras preguntar a un decrépito jardinero municipal que cortaba el césped con desgana, esta mañana llegué, boquiabierto, a Somartis. Creía que habría cerrado, pero alli estaba, exactamente igual que como lo dejé. Sé que suena a tópico, pero me asombró lo pequeño que era en realidad en comparación con la imagen que atesoraba en mi cabeza. Deambulé un buen rato por las estanterías como un alma en pena, asombrado de comprobar que todo estaba exactamente igual que cuando era niño, pero con una capa de polvo más espesa. Tras caminar por los pasillos un buen rato con lágrimas de emoción en los ojos, se acercó a mi un viejecito adorable para preguntarme si quéría algo. Y le conté mi historia. Y él a mi la suya. Era el auténtico propietario de Somartis. Me contó que en mi época sus tigres no paraban de parir causando un importante problema logístico, y que había descendientes de los tigres de Somartis en prácticamente todos los zoos de la península. Me contó que los chinos asediaban su negocio. Que ya no se podían tener tigres espontáneosp porque lo prohibían las autoridades pertinentes. Que Somartis empezó en el siglo XIX. Que mide 13.000 metros cuadrados. Que su hijo mayor también viajaba en moto cuando era más joven. Que seguía teniendo caballos en la trastienda. Que en una ocasión sus tigres se negaban a comer la carne hasta que descubrieron que tenía demasiados antibióticos y no les resultaba apetitosa. Y que centenares de personas volvían cada año a Somartis a recordar su infancia.

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