close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

En un McDonald’s a las afueras de Amsterdam, camino a Berlín
Decimocuarto día de viaje. 22ºC. Releyendo El diario de Anna Frank

Amsterdam desafía por completo mi mísera oratoria. Hasta aquí ha llegado. Podría intentar describir sus canales hediondos, sus edificios torcidos, sus plazas atiborradas de turistas ociosos esponjándose al sol como albatros. Podría hablar de sus putas enlatadas, de los tranvías sesenteros, de sus multicolores tiendas de drogas blandas, de sus locales gays llenos a rebosar, de sus sex-shops pervertidos, de sus flores en los balcones, o del enjambre de bicicletas lustrosas que atesta cada esquina. Pero nada de ello haría la más mínima justicia a Amsterdam. Estoy deliciosamente deslumbrado por esta capital europea que, sin darse la más mínima importancia -como ocurre con París o Londres-, conquista el corazón, el estómago y la picha a partes iguales sin saber muy bien por qué. Amsterdam es un escaparate excesivo de los vicios y las virtudes humanas, y sus habitantes forman parte de la representación como una pieza más del atrezzo, sin que tenga yo la certeza de si son cómplices de la situación o la padecen.

Por cierto, el video que has venido a ver está al final de este tostón.


Tulipanes en el Mercado de las Flores

Las casitas piripis de Amsterdam

Las casitas piripis de Amsterdam

Para comprender cómo Amsterdam hace mella en el alma, te contaré un mediodía de mi vida aquí: Mis pasos me llevaron al Mercado de las Flores, donde una miríada de tulipanes se arracimaban bajo el apacible sol de junio. Bulbos panzudos, insecticidas polícromos, plantas carnívoras, cactus alambicados, delicadas flores tropicales, toscos souvenirs se apretujaban bajo los toldos causando una sensación mareante no del todo desagradable, bajo la atenta mirada de las lentes de las cámaras fotográficas de los turistas, embadurnados de crema solar y de olor a puente largo. Luego, caminando por el cauce de un canal, diviso una familia que se afana por mover una barca a pedales. Pasan bajo un pequeño puente que apenas puede con el peso de las bicicletas arracimadas en sus barandillas, y se alejan riendo y chapoteando. Una mujer joven, hermosa y alta aparca su bicicleta y entra en un colmado. Su bicicleta lleva un carro sobre la rueda delantera. En el carro, un ramo enorme de flores y dos niñas idénticas de seis años, rubísimas, de piel pálida, que se ríen y lo miran todo con ojos enormes y muy claros y señalan los puentes y los tejados y los árboles y los pájaros. Se arremolinan unas nubes inocuas en las antenas de televisión. Continuo caminando y descubro, a escasos metros de una burbujeante bandada de adolescentes que hacen ruidosa cola ante un puesto de patatas fritas, una tienda de artículos sadomasoquistas gays. Entro en ella, me saluda muy cordialmente un hombre rapado y anillado que lleva botas militares y un tutú, y descubro caretas de asfixia, dildos sobrehumanos, pantalones de cuero, goma, spandex, licra, neopreno, charol, latex. Me impresionan un espéculo inmenso de acero quirúrgico y un gancho de carnicero para coger a la víctima por el culo y arrastrarla, expuestos ambos en una vitrina impresionante especialmente iluminada, y casi me mareo. Salgo a la calle donde una viejecita riega apaciblemente las plantas de su balcón: Su casa, en precario equilibrio, parece de turrón y su ventana compite con las mariposas. Giro por una calle estrecha sabiendo lo que me voy a encontrar, pero no por ello deja de sorprenderme. En un pequeño escaparate enmarcado por una luz roja, un Manolo de casi dos metros de altura, que asemeja a una Azúcar Moreno en franca decadencia, mueve la lengua lascivamente y bambolea sus tetas que parecen dos bolsas de supermercado. Se aparta la minifalda y me muestra una de las morcillas más gigantes que he visto en mi vida. Parece que en el Mundo no va a haber lugar para otra cosa que no sea esa morcilla: huyo despavorido mientras el Manolo golpetea el cristal de su escaparate. En la calle me asaltan un millar de aromas de comidas. La fritanga domina todo, pero sutilmente se cuela, como una maldición, el picante aroma de los porros, que culebrea sutilmente por las puertas entreabiertas de un coffeeshop algo oscuro. Pasa un tropel de mujeres cincuentonas liberadas con diademas con pichitas. Las sigo y llego a una plaza enorme, dominada por una iglesia de ladrillo marrón. Al otro lado de la calle, sentada en su taburete, con un bikini imposible, se aburre la puta más gorda que he visto en mi vida, negra como el carbón, con un peinado imposible de caracoles oscuros y brillantes. Al ver que la he visto, me guiña un ojo. Me pregunto si está dispuesta a pagarme a mi.

Pareja de lesbianas contempla el Monumento contra la Homofobia

Pareja de lesbianas contempla el Monumento contra la Homofobia

Superfefa en Amsterdam

Superfefa en Amsterdam

Uno de los muchos distritos erótico-festivos de Amsterdam

Uno de los muchos distritos erótico-festivos de Amsterdam

Sex-shop sadomaso gay

Sex-shop sadomaso gay

Mamá, ¿qué hacen esas señoras en el escaparate?

Dice mi madre que eso es lo que le pregunté cuando, siendo muy niño, paseamos por el Red Light District en Amsterdam. Los veranos de mi infancia los dedicamos a recorrer Europa en una caravana, y puede que de ahí venga, en parte, mi espíritu de nómada del viento. Ya las putas estaban, por aquel entonces, acechando en sus escaparates como tarántulas agazapadas en su madriguera. Mismas madrigueras, distintas putas.

He recorrido dos veces el Barrio Rojo de Amsterdam: Una a mediodía, otra al atardecer. No sé decidir muy bien cuáles son mis sentimientos hacia él. Desde luego, las putas no son para mi. La simple idea de yacer con una de ellas en uno de esos cubículos diminutos, en una cama con el colchón cubierto por un plástico, protegido sólo por una cortina granate de las miradas indiscretas de la turba, vigilados de cerca ambos por un bidé vetusto y goteante, me la arruga. Por otro lado, en mi modesta opinión, son mujeres más bien feas. Tienen cuerpos flexibles y cuidados, pero sus caras están ajadas, avinagradas, son difíciles de mirar, sus cabellos han sufrido ya demasiados tratamientos capilares, sus pieles llevan demasiadas capas de maquillaje. La crisis debe de estar afectando también el sector: no paro de ver escaparates con carteles de se alquila pegados en el cristal. Las mujeres se exhiben con cierta desgana, excepto las más ambiciosas, que han desarrollado cada una su propia estrategia: La hay que te piropea, la hay que te grita show me your money, motherfucker!!, la hay que tiene preparada una mirada felina que lanza a diestro y siniestro y que ella cree que es irresistible. La hay que golpetea el cristal de su urna como un pájaro carpintero, la hay que estruja sus tetas operadas para hacerlas, si cabe, más apetecibles. La hay que hace gestos de succión, o la que sonrie muy tímidamente como una niña buena. Entre las familias algo azoradas y los turistas solitarios, bandadas de hombres celebrando su virilidad y su masculinidad corretean, aullando a la Luna en grupo. Gritan, ríen, se empujan, mira qué machos somos, vamos a follar como leones, las vamos a hacer disfrutar como perras. Uno de esos grupos se paró alrededor de una vitrina. Dentro, una eterna aspirante a actriz porno, con un bañador de bandera de los Estados Unidos, les hacía gestos obscenos. Por fin uno se decidió, lo que fue celebrado con aullidos y más aullidos a la Luna. Se corrió. La cortina. Y allí se quedaron los demás, celebrando la gesta del macho alfa de su manada con más gritos y más empujones. Llevaba la cámara oculta, que lo único que hizo fue formatear la tarjeta de memoria -de ahí que no tenga imágenes en el video del Barrio Rojo, está prohibido filmar ahí-, y entré en un peep show para enseñároslo. Una decena de cabinas individuales rodean un estrado. Introduces dos euros, y el cristal que tienes delante de ti, antes velado, se hace transparente. A escaso metro y medio, detrás del cristal, como si se tratara de dos mariposas ensartadas en una aguja, una pareja flexible y neumática copula sin pausa. Ella tiene el pelo corto y negro, se mueve y gime y mira disimuladamente la hora en su reloj de muñeca. Observo que se muerde las uñas con regularidad. Él está tumbado boca arriba, se deja hacer, parece aburrido, tiene un collar de oro bastante grueso y el pelo rapado al cero. A su lado, un bote de lubricante manoseado. Ninguno de los dos parece ni siquiera mínimamente interesado en lo que está ocurriendo. Cuando mi cristal se hace transparente, el hombre me mira directamente a los ojos. No sé si ese es el protocolo, pero la verdad es que me resulta incómodo. La cama redonda sobre la que follan va girando sobre su eje, y el hombre no aparta su mirada de mi. Cuando mis dos euros se agotan, me doy la vuelta y me voy, y lo dejo poniendo su pica en Flandes.

Y aquí tenéis el video:

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