close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Llevo cerca de una semana durmiendo mal, de pura preocupación. El miércoles pasado recibí en mi buzón de voz una llamada aterradora de la Embajada de Pakistán, en la que el amabilísimo fucionario que me ha estado atendiendo todas estas semanas, me pedía que le hiciera llegar todos los visados de los países vecinos como condición para concederme su propio visado. Cada nación es un mundo, y cada una impone sus reglas para dejarte entrar: ningún país está obligado a permitirte que lo visites, y eso es fundamental en mi nueva filosofía de vida: Prometo intentar no enfadarme por la sorda y extenuante tortura que supone lidiar con la idiosincrasia de cada territorio. Pero la petición del funcionario pakistaní, simplemente, quería decir que por su país no se podía pasar. Así de simple. Mi viaje era imposible, y ahora os cuento por qué.

Autobús pakistaní. Foto: quesabesde.com

Autobús pakistaní. Foto: quesabesde.com

Volvamos mes y medio atrás. Dado que había sido informado de que Pakistan es un territorio particularmente impermeable ante los locos que deciden visitarlo en su propio vehículo, la primera embajada que visité fue la suya. Allí me hicieron pasar al atestado despacho de un hombre exquisitamente amable, de mirada gatuna y modales parsimoniosos, que escuchó mi historia con una afable sonrisa de esfinge.
- Zhiiii, zhiii, zhiiiii -decía asintiendo complacido.
- Es que claro, las planicies de Deosai florecen en agosto, y por eso precisamente tiene que ser en esa fecha cuando…
- Zhiiii, zhiii, zhiiiii- afirmaba, ronroneando de afecto.
- Y para mi es muy importante que su país sea el que sirva de puerta a Asia porque…
- Zhiiii, zhiii, zhiiiii- confirmaba retrepado en su sillón de cuero.
Al acabar mi exposición, me indicó con un tono de voz encantador, que evocaba hermosos mercados de especias y fragantes tés en un oasis, un listado de documentos que tenía que traerle: Carnet de Passages, fotocopia de mi pasaporte, mi DNI, mi permiso de conducción internacional, itinerario detallado, una carta del banco indicando que no me encuentro en la indigencia, y unas cuantas fotos de carnet. El lector quizá recuerde mis peleas con el banco y el RACE para obtener el Carnet de Passages. En aquel momento me desesperaba conseguirlo lo antes posible, porque al acabar de recitar el listado de documentos que tenía que presentar, aquel hombre de aspecto bondadoso y afable me dijo con una caída de ojos lánguida y felina una frase que me provocó un intenso escalofrío en la espalda:
- Y entonsies nosotros enfiamos toda documentasión a Pakistan, y cuando Pakistan risponde, nosotros damos visado a usted. Más o menos unos duos meses.
No puede existir una frase más aterradora en todo el mundo.  ¡Dos meses!. ¡¡¡Mi visado estaría pululando por las estanterías de una arcana y recóndita oficina de Islamabad dos meses antes de que la República Islámica de Pakistán me diera una contestación!!!. Podía imaginar nítidamente el fajo de papeles oreándose al sol, con un delicado sonido de fondo de los muyahidines llamando a la oración, recibiendo sellos y más sellos y escalando trabajosamente puestos en la mastodóntica burocracia de la bulliciosa oficina de inmigración.
Hace una semana y pico, finalmente obtuve mi pasaporte nuevo (el anterior había sido devorado por la burocracia rusa), lo fotocopié todo, y lo llevé a la embajada.
- Zhiiii, zhiii, zhiiiii- asintió encantado el funcionario con una sonrisa félida.
- Y aquí el Carnet, y aquí el formulario.
- Zhiiii, zhiii, zhiiiii- celebró el hombre con entusiasmo.
- La carta del banco.
- Oh, zhiiii, zhiii, zhiiii -aseveró, ufano.

El hombre me explicó que ahora se enviaría todo a Islamabad. Que ya me llamarían. Dejé allí todo el taco de documentos y fotocopias, y me marché a la embajada de Kazajstan, donde deposité el pasaporte. A los dos días, se produjo la llamada temida.

- Zhiii, lliamo di la embajada di Pakistán, usted tiene qui aportar todo visados de todo paises qui pasa para nosotros concieder visado nuestro.

Os voy a explicar lo que pensé en ese momento. Quizá sea un poco lioso, pero creo que vale la pena:

  • China no concede visados con más de tres meses de antelación. Es decir, debo solicitárselo días antes de marcharme. A finales de mayo.
  • India no permite que programes las fechas de tu visado. Te concede acceso durante seis meses desde que lo pides. Es decir, debo pedirlo a mediados de mayo, para contar con un tiempo en su país.
  • Kyrgyzstan no tiene embajada en España, tengo que enviar el pasaporte a Londres y esperar/rezar.

Es decir, básicamente lo que me decía esa llamada es que yo obtendría mi visado dos meses después de pedir el último de todos, el chino. El viaje es inviable.

Game over.

Estuve varios días sin dormir bien por la noche. Con la certeza absoluta de que jamás conseguiría atravesar ese bendito país. Considerando opciones carísimas, como desviar mi ruta china bordeando territorios de Kashmir y entrando por Nepal o su frontera oeste, atravesando de
cabeza el Himalaya (a saber a qué alturas y a qué temperaturas, sin tener la certeza de si la moto aguantaría la falta de oxígeno), o alquilar un avión que me llevara de Astana -capital de Kazajstan- a cualquier región de India. Todo me parecía un despropósito. Y entonces se me ocurrió que quizá si le presentaba los visados uno a uno, en algún momento mi félido amigo se apiadaría de mi.

Esta mañana fui a recoger el visado de Kazajstan. Ese país está ganándose todas mis simpatías: Su embajada es de una eficiencia abrumadora, todo está engrasado a la perfección, obtener su visado es barato y sencillo. Al salir, era todavía temprano. Podía acercarme a Correos a enviar mi pasaporte a la embajada de Kyrgyzstan en Londres. Podía ir a Calleja a comprar recambios para Fefa. Podía callejear un poco por un Madrid que se está esponjando al  sol como un bizcocho. Y entonces se me ocurrió que una opción era dar un saltito a Pakistan a enseñarle mi primer visado a mi colega y que viera que mi voluntad era firme y que esto de mi viaje no es una quimera, sino simplemente una utopía. Llegué a la embajada, que disfrutaba de un ambiente relajado y campechano como cada jornada. En el patio, bajo unos plátanos umbríos, languidecían una decena de pakistaníes de largas barbas, sentados en sillas plegables, charlando afectuosamente en su cantarina lengua.  Subí al despacho del hombre. Dentro, había un comercial de Oki intentando venderle una fotocopiadora.
- Tenemos este otro modelo, que es un poco más rápido, 21 páginas por minuto.
- Oh, zhiiii, zhiii, zhiiii- asintió, complacido y en apariencia maravillado.
Esperé pacientemente en el pasillo a que el bueno de Oki hiciera su trabajo. Mientras tanto, llegó un hombre con una barba muy poblada acarreando una niña muy pequeña y frágil enfundada en un trajecito multicolor. Me miraron ambos con el ceño fruncido y se abstuvieron de comentar mi mono de cuero. Por fin, el comercial de Oki rumiando. Me despedí del hombre y la niña del pasillo y entré en el despacho.
- ¡Hola, amigo!- saludé nada más entrar.
- Ohhh, zhiii, zhiii, moto, siéntate- saludó afablemente el hombre con su sonrisa gatuna.
En ese momento, extraje toda mi documentación y empecé a explicarle por qué no podía presentarle inmediatamente todos los visados. Que si China tres meses. Que si India blablá. Que si Kyrgyzstan en Londres. Mi observó con una mirada profundamente divertida.
- Zhi, zhiiii- me interrumpió, untuoso-. Uno momento.
Llamó a una extensión interna y murmuró algo así como “blablahablopakistaní blablá MOTORBIKE blablá blablá VISA blablá”. Apareció reptando un becario aventajado con mi documentación. Se dijeron cuatro cosas y  el hombre de la sonrisa felina, sin perder su buen humor, empezó a escribir cosas en mi formulario. Y en ese momento, el becario aventajado me dijo amigablemente:
- Esto visado válido hasta prinsipio octubre.
No me lo podía creer. ¿”Este visado”?. ¿Me estaban concediendo el visado?. Imposible. El becario aventajado se volatilizó en una nubecilla de humo. El hombre de la sonrisa de gato me extendió mi documentación.
- Usted paga ahora abajo.
Como en una nube, bajé las escaleras temblequeando. Llegué al hombre de los cobros. Me preguntó si lo quería urgente o normal. Al parecer, el urgente se me entregaba en tres horas. Urgente, por favor. “Usted volvier a las tres”. Cómo no, gracias, gracias, hasta ahora. En la calle, Madrid asistía impertérrito al triunfo de la primavera. Corrí a la grupa de Fefa, la arranqué con un tosido algo irritado y deambulé por el tráfico aullando como un loco triunfante.

Estoy viajando y aún no me he movido. Qué grande.

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