close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Ciudad Rodrigo, Salamanca
Primer día de
viaje de prueba. 31ºc. Leyendo “Plataforma”, de Michel Houellebecq.

Hace una semana que languidecen en mi nevera tres dósis de la vacuna de la rabia, por cortesía de un lector de esta página, quien me las envió amablemente desde su hospital en Barcelona vía Seur Frío en vista de que en Madrid hay cierta escasez. Hoy, que me tocaba, saqué una de las jeringuillas de la nevera para inocularme (es la penúltima vacuna que me queda) y corrí, bajo un sol de justicia que empieza a castigar injustamente a Madrid, a mi centro médico habitual.
- No, no, no ha venido el ATS hoy, lo siento- me informó la recepcionista masticando chicle lascivamente.
Troté al siguiente centro médico imaginándome la muerte súbita por sobrecalentamiento de mis pobres virus de la rabia, casi sintiendo en mis carnes su dolor.
- No, hasta la tarde no hay ATS aquí- me informó la recepcionista sin levantar la vista de la pantalla de su ordenador.
-Oiga, ¿no ve cómo vengo sudando?. Tenga piedad, se me va a morir la vacuna en el bolsillo. ¿No puede alguien pincharme esto en una esquinita?. 
- No.  
- ¿Un médico?
- No.
- ¿Un conserje?
- No.
- ¿Usted?
- No.
En el tercer centro médico tampoco había enfermera alguna dispuesta a pinchame.
- Mmmhmh, ¿hay una huelga encubierta de enfermeras?
- No, que yo sepa- contestó la tercera recepcionista pasando unas fichas con gran velocidad con sus uñas rojas y mirando insistentemente al siguiente paciente de la cola.
Estaba a punto de darme por vencido y asumir que cuando me muerda un mono en el Rajastán moriré echando espuma por la boca, cuando apareció ante mi como un inesperado espejismo un centro de la Comunidad de Madrid. Debieron de verme bastante desesperado, porque me pasaron inmediatamente por urgencias, donde una médico me sermoneó largamente por tener un seguro privado y me introdujo la aguja por el brazo hasta casi perforarme el hígado. Con el biceps burbujeante de infección, monté en la Fefa e indiqué en el GPS que quería ir a Béjar, no sin antes beberme el Aquarius más grande y frío que pude encontrar.  

La salida de las grandes ciudades es siempre traumática para el motero, que ha de culebrear por carreteras rudas, hostiles, contaminadas y salpicadas de obstáculos entre centenares de latas pilotadas por hombres y mujeres hastiados, violentos y enfermos de ira y rencor. Fefa no está precisamente ágil en su rechonchez, pero hizo lo que pudo para sacarme del atolladero. La autopista, que envilece, adormece y entorpece, se perdió a la altura de Ávila. Y en ese momento, el GPS decidió tomar la iniciativa. Me indicó que torciera a la derecha, y me condujo grácilmente por una carretera secundaria absolutamente deliciosa que se desparramaba con amplísimas curvas entre baobabs mutantes y manadas de vacas de olor dulce y mirada lánguida y tristona. Paré en la siguiente gasolinera, perdida en un campo eterno de gramíneas.
-¿Qué, va a Jerez?
- No, un poco más lejos.

Fefa en las estribaciones de la Sierra de Gredos

Fefa en las estribaciones de la Sierra de Gredos

El cielo estaba perfecto, apenas manchado de brochazos ambarinos. De repente, ya en ruta de nuevo, empecé a reirme a carcajadas. A reir como un niño. Apagué el MP3 y me dediqué a escuchar el sonido del viento, el de mi risa y el de Fefa ronroneando suavemente. A mi izquierda emergieron como gigantes durmiendo la siesta las estribaciones de la Sierra de Gredos y la naturaleza eclosionó brutalmente con un millar de verdes y de amarillos. La primavera se esponjaba como un bizcocho recién horneado a mi alrededor. El casco se fue poblando de mosquitos aplastados. Tras un par de paradas para contemplar los valles infinitos cuajados de alcornoques trémulos y postes de la luz altivos, corregí la ruta e indiqué al GPS que quería ir a Ciudad Rodrigo. Y entonces, el GPS enloqueció, como espoleado por el desafío de ir más allá. Tuerce, tuerce, tuerce, ve a carreteras donde nunca has ido, gira en ese pueblecito, piérdete en esa dehesa, mira qué carretera he decidido regalarte, me susurraba altanero con una sonrisa pícara y desafiante. Cuanto más me asombraba yo, más hacía por asombrarme él.

Borracho de paisajes hermosos, paré en Guijuelo a tomar café en una terraza donde charlaban cuatro desconcertantes ejecutivos obviamente recién salidos de su despacho de una multinacional afincada en medio de ninguna parte. Se quedaron contemplando largamente el cabestrante de Fefa.
-¿No vas un poco pronto para Jerez?
- No voy a Jerez, voy a Portugal.
- Ah.  
Me atendió una italiana octogenaria.
- A Jerez, ¿eh?.

Retomé ruta bajo un cielo infinto de color perla. Encendí de nuevo el MP3 mientras la ruta se hacía más y más inverosímil. Entonces, entré en el Triángulo de las Bermudas. En Linares de Riofrío, el MP3 se atascó en medio de una versión deleznable de la canción Kalinka interpretada por las T.A.T.U. que siempre olvido borrar, y el GPS me indicó que torciera a la derecha, justo ante un cartel que ponía “prohibida la venta ambulante menos los martes”. Pasé delante de dos ancianas que charlaban debajo de un alcornoque milenario. Me miraron con ojos de tortuga ligeramente desdeñosos. Pensé que, si esas mismas ancianas hubieran estado en la India, me habría parado a hacerles una foto. Continué la ruta escuchando pacientemente el mismo tramo de dos minutos de Kalinka, porque soy muy perezoso y siempre espero que las cosas se arreglen por si solas. En ese momento, divisé de nuevo “prohibida la venta ambulante menos los martes”.

Hostal CrisDani

Hostal CrisDani

Las dos viejas seguían bajo su alcornoque. ¿Debía fotografiarlas?. Kalin-kaka-lín, kaka-lín. A la cuarta vez que pasé ante el alcornoque, las viejas se habían cansado de posar para mi y se habían esfumado.

A una media de sesenta kilómetros por hora, mi cuerpo se ha carbonizado bajo el sol de abril. Llegué a Ciudad Rodrigo empapado de sudor y de felicidad. En el hostal Crisdani me cobran 25 euros por una habitación proletaria que, para mi inmenso asombro, tiene wifi. No quiero ya salir, aunque queda una hora de día. Ya me he empapado de sol lo suficiente hoy, y Ciudad Rodrigo seguirá ahí mañana. La vida es tan hermosa, y yo me la estaba perdiendo…

Imprimir