close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hasta hace tres meses mi vida laboral, personal, social y artística consistía en velar por la estabilidad de páginas web de mucho tráfico. Mis fines de semana transcurrían atrapado en casa, al lado del ordenador, con el teléfono de soporte técnico pegado a la oreja y el corazón en un puño. Mis días eran vacuos y muy similares unos a otros. MIs noches estaban salpicadas de aleatorios sobresaltos. Períodos largos de calma chicha se alternaban con momentos de actividad frenética aporreando un teclado y llamando a gente. Era el hombre perpetuamente preocupado y eternamente alerta. Mi forma de paliar este sentimiento de infinita insatisfacción sensorial era cogerme diez días al año y salir a recorrer mundo. Radicalmente. Como desquitándome de mi anhedonia crónica. A bombardearme de sensaciones, de olores y colores nunca vistos. A escuchar sonidos y acentos extraños y a pelearme con comidas de difícil digestión. A raiz de ello, puedo decir que soy uno de esos afortunados que han visto los rincones de la tierra más hemosos y los más exóticos, los más pobres y los más opulentos. Parafraseando a Neruda, confieso que he viajado. Obviamente, esta no es la forma idónea de conocer el mundo en el que vives, pero esos diez días catárticos me proporcionaban sensaciones de sobra como para subsistir un año más, y de eso se trataba.

El año pasado me tocó visitar Rusia. Haciendo gala de mi espíritu aventurero, organicé yo mismo el viaje: Tres días en Moscú, cuatro en San Petersburgo, y el resto de los días volviendo de San Petersburgo a Moscú en coche por una ruta inexplorada trazada a golpe de Google Maps, fuera de todos los centros turísticos habituales, sorteando fábricas abandonadas, pueblos con más del 80% de paro y revueltas populares, ciudades dedicadas a la producción de cerillas, aldeas con alcoholismo y suicidio crónicos y olvidados y lúgubres monasterios cubiertos de deyecciones de palomas y musgo.


Mis primeros doscientos metros con el GPS en Rusia fueron inolvidables. El GPS me indicó con gran autoridad “gire a la derecha, gire a la izquierda” y, a continuación, me depositó directamente en las garras de una patrulla de la policía rusa, a la que tuve que sobornar para que me devolvieran el pasaporte y el permiso de conducir, tras un breve regateo sobre un cuaderno ajado. Debo indicar que, por una vez, la policía llevaba razón: me había metido por una dirección prohibida como un campeón.

"Welcom to Edintsvo hotel, best hotel in town of Cherepovets. This hotel is close to severstal Cherevovets Iron and Steel Plant, the Vereschagin's Cottage Museum and many other fabulous attractions"

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Esto tendría que haberme puesto en alerta sobre la precisión de los instrumentos de navegación en la zona, pero no fue así, seguí confiando ciegamente en sus indicaciones. Por ello, cuando me indicó que saliera de la carretera principal -por otro lado perfectamente señalizada y absolutamente europea- ni se me ocurrió rechistar. La carretera se llenó de baches y de repente, el asfalto dio paso a la grava. La grava a la tierra batida. La tierra batida, a unas rodadas en el campo. Pero el GPS indicaba claramente que aquello era una carretera, y la carretera resultaba muy verosímil tal y como estaba dibujada, entre campos de trigo y retorcidas coníferas. Aparecí, no sé cómo, en una especie de industria maderera. Me miraron con hosquedad mientras daba la vuelta y me alejaba sin cruzar palabra con ellos. Seguí serpenteando entre dachas y cultivos varios, cada vez más desorientado. Llegado un punto, salí del coche enarbolando un mapa y chillé en la inmensidad de la estepa, efectuando una especie de danza tribal desesperada. Justo entonces, de la nada, emergieron dos matroshkas coloradas y cargadas con una descomunal calabaza, que murmuraron algo reprobatorio lanzándome miradas furtivas y se alejaron dando saltitos como sendas cucarachas.
La carretera empeoró entonces ostensiblemente. Las rodadas en el césped se convirtieron en rodadas en el barro. Estaba considerando la posibilidad de dar la vuelta, en la certeza de que nadie en su sano juicio se metería por aquel barrizal, cuando vi pasar de vuelta un pequeño Lada color pistacho de principios de los sesenta, conducido por un ruso mostachudo y co-pilotado por una señora de descomunales tetas tapada con un pañuelo multicolor. Me lanzaron, como todos los rusos, una mirada inyectada en odio y desaprobación, y se fueron. “Si el Lada puede, yo puedo”, pensé. Y seguí avanzando. Tendría que haber supuesto que mi coche no pasaría de aquella poza, y sin embargo, me metí en ella. Aparentemente, para siempre.

"Oiga! Asistencia en carretera? Mire, es que el GPS me ha conducido directamente a un barrizal y no puedo salir. Que donde estoy? Y a mi que me cuenta!! en medio de la NADA estoy. LA NADA, ME OYE??!! LA NADA!!"

"Oiga! Asistencia en carretera? Mire, es que el GPS me ha conducido directamente a un barrizal y no puedo salir. Que donde estoy? Y a mi que me cuenta!! en medio de la NADA estoy. LA NADA, ME OYE??!! LA NADA!!"

Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando conseguí el teléfono de asistencia de Hertz. Fue bastante complicado explicar al tipo lo que me había pasado, pero sobre todo dónde me encontraba, dado que la carretera no tenía nombre y no había absolutamente nada, salvo un riachuelo extraordinariamente maloliente, que pudiera identificar aquella zona, y el hombrecillo no era precisamente Shakespeare. Por fortuna, el GPS me dio una localización, que dicté al ciudadano ruso que atendía mi llamada repitiéndole los números veinte veces. A medida que pasaban las horas me fui haciendo amiguito del ruso por teléfono, y fui conociendo poco a poco el entorno semi-selvático que me rodeaba. Encontré una pequeña planta de gas, y una pista forestal abandonada. Vi huellas de osos en el fango, leí a Fiódor Dostoyevski, practiqué gimnasia. La noche empezó a caer. A las 11 de la noche me llamó el ruso: que no me preocupara, que la grua estaba cerca. Le expliqué que iba a encerrarme en el coche por miedo a los osos y otras alimañas.  Pasada la medianoche, el ruso me pidió que encendiera las luces de seguridad, porque la grua intentaba localizarme en la negrura de la Nada. Y eso hice. Salí del coche con una linterna, chapoteando en el barro. Y entonces, allá a lo lejos, divisé una tenue luz amarilla parpadeante. La luz fue creciendo en intensidad y se convirtió en una sirena. Y, finalmente, divisé una grua que se paró muy lejos de mi.
- ¡¡Dobroy nochi!!- le grité a una sombra que se bajó de la grua dando tumbos.
- ¡¡Dobriiii!!- contestó con una vaharada de vodka que viajó por el aire y me golpeó como un martillo pilón.
- ¡¡¡G-P-S!!!- expliqué señalando al coche, en la esperanza de que entendiera que la responsabilidad no era del todo mía.
- ¡¡You crazy!!- me contestó. Estaba muy muy borracho. Se acercó trastabillando a mi coche. Lo enfocó con una linterna murmurando maldiciones en ruso. Dio varias vueltas a su alrededor. Finalmente se dirigió a mi con mirada fiera. Extendió la mano y se presentó como Vladimir. Quizá un nombre más apropiado habría sido Rambo. Con un pequeño cuter, metiéndose lingotazos de vodka, logró hacer acopio de ramas que introdujo bajo las ruedas para conseguir tracción. A las cuatro de la mañana, tras haber dejado pelados los árboles de toda la comarca, cubiertos por completo de barro como dos luchadoras sensuales recién salidas de una pelea especialmente delirante, acabamos de sacar el coche.
Y desde entonces, decidí que cualquier vehículo que me fuera a llevar a dar la vuelta al mundo, tendría que tener un cabestrante.

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