close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Como quizá sabréis, me encuentro en este momento paralizado en Almaty, una hermosa, provinciana y poco ajetreada ciudad del sur de Kazajastán, como un corzo que se ve deslumbrado de noche por los faros de un coche. Los días están pasando a una velocidad espantosa para alguien que sólo está mordiéndose los muñones donde antes había dedos y antes todavía, uñas. El día 18 de agosto tengo que abandonar este país, ocurra lo que ocurra, porque vence mi visado. Y parece que está ocurriendo más bien poco.

En Amaty, Kazajastán
Día 82 de viaje. 25ºC. Releyendo Ponche de Ácido Lisérgico de Tom Wolfe

El día 18 de agosto la moto tiene que estar viajando a alguna parte. No sé todavía a dónde. Ni de qué forma. Tampoco sé si viajaré acompañado por alguien. Si lo haré por tierra o por aire. El monzón se ha ensañado por una parte importante de mi ruta hacia la India: si bien las primeras informaciones que recibía eran abiertamente pesimistas, ahora empiezo a ser alertado justo de lo contrario: la ruta está afectada, pero no hasta el punto de convertirla en un infierno, y tiene alternativas abiertamente transitables. Por otro lado, la opción que parecía más razonable -enviar la moto a India por vía aérea- empieza a resultar casi inviable: En primer lugar, la aerolínea que ha sido hasta la fecha la empleada para llevar a cabo este traslado se hundió tras haber sido puesta por la UE en su lista negra -no sería la primera vez que cojo un avión cuarentón soviético prohibido en el espacio Schengen, pero no es un plato del gusto de nadie hacerlo-. Por otro lado, no existe una ruta consolidada Almaty-Delhi, por lo que Fefa -que es considerada la pobre una mercancía peligrosa- tendría que viajar rumbo a Amsterdam. La compañía aérea exige que prácticamente desmonte la moto: fuera todos sus líquidos -incluyendo el inofensivo aceite- fuera sus maletas, el manillar, las ruedas, la batería… No puedo imaginar lo que puede ser llegar al calor abrasador de Delhi y tener que volver a montar la moto en una esquina de un tórrido y sucio hangar indio y acarrear gasolina y aceite conseguidos quién sabe dónde para que vuelva a la vida. Eso, en el supuesto caso de que consiga sortear la prodigiosa y mastodóntica burocracia india, que al parecer no pone fácil meter una moto en el país y, en ocasiones, aleatoriamente, no permite el trámite o lo dilata meses enteros -una cosa es entrar por carretera montado en el cacharro y otra muy distinta, al parecer, es estar esperando la moto en el aeropuerto, qué cosas-. Esto se soluciona, en principio, contratando un conseguidor indio que lidie con los infinitos formularios y con los inevitables sobornos, pero no todos los conseguidores son eficaces, y la elección de uno u otro -siempre aleatoria- puede desembocar en una catástrofe sin precendentes. Al meditarlo un poco, se me ocurrió que podría enviar la moto a Nepal o a Islamabad, donde las aduanas son más permisivas o, por lo menos, menos marcianas, pero entonces el precio se volvía un insulto. En cualquier caso, en el supuesto caso de que accediera a dejar a Fefa en los huesos e introducirla en un ataúd, tendría que conseguir en Almaty un carpintero, que sepa Inglés, dispuesto a fabricar una caja por un precio razonable. En mis noches insomnes sólo veo, flotando en la oscuridad, carpinteros cetrinos relamiéndose sádicamente e inflando sus presupuestos ante rollizas y tintineantes máquinas registradoras. El precio es otra cuestión importante: Los primeros presupuestos rondaban los 5.000 dólares por el cargo, que se han visto rebajados a 2.300 tras un largo proceso de súplicas, halagos, sobornos, callejones sin salida y negociaciones férreas. Este precio, que no incluye mi propio traslado, tampoco es firme: para obtener un precio definitivo hay que empaquetar la moto y pesarla, y no dispongo de una báscula industrial a mano. Pescadilla que se muerde la cola. Si ya organizar todo esto en Madrid, territorio que controlo y sin barrera idiomática, sería una tarea de gigante, aquí resulta infernal. Por lo tanto, miro hacia otro lado, y contemplo partes meteorológicos y galerías de fotos de viajeros que ya han pasado por un Pakistán asolado y casi lunar. Todos me dicen que avance, que no pasará nada, que la hospitalidad de la gente y su fuerza para vivir hacen florecer el país de nuevo a pasos de gigante. Me aseguran que los puentes están restablecidos, que el barro se está secando, que las provisiones llegan ya a tiempo, que las caras vuelven a sonreir. Me dicen que en Pakistan viven 180 millones de personas y que “sólo han muerto 1500. Y la idea de enfrentarme a la carretera de nuevo, con sus caprichos, sus olores, su trepidante cambio de paisaje, sus temperaturas mutantes, sus momentos de gloria y de miseria, me seduce grandemente, y siento escalofríos y lágrimas en los ojos cuando lo evoco. Justo en ese momento caigo en la cuenta de que el Ramadán acaba de empezar, lo que implica que, durante un mes, nadie me venderá ni una miga de pan ni una gota de agua mientras el sol luzca en el cielo de esa tierra bendita por Allah-hu-akbar. Y, entonces, me cago en la puta.

Releyendo este párrafo me doy cuenta de que lo he vomitado más que escrito. Mis textos suelen ser más ordenados, pero hoy mi cabeza funciona así, caóticamente, peleándose en equilibrada batalla entre la lógica y la pasión, entre la prudencia y la sed de aventura, entre el pánico y el aplomo. Acostumbrado a tenerlo todo bajo control y a planificarlo todo hasta el último detalle, me resulta difícil entrar en una nueva dinámica en la que nada depende de mi. El Destino voluble ha irrumpido en mi vida en forma de monzón rabioso y destructivo, y lo tragicómico del caso es que todo parece indicar que, a partir de ahora, será él quien dirija el timón de este viaje, espero que a buen puerto.

No sé si me gusta.

Sí, puede que me guste.

Ay qué coño, amigos, ¿qué hago ahora?

Imprimir