close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hace ya una veintena de días que salí de Madrid. Debo reconocer que estoy cansado y que mi estado de ánimo es voluble. Yo soy una persona extraordinariamente racional, y nunca he tenido altibajos (más bien siempre me he caracterizado por una anestesia emocional no sé si demasiado sana). Sin embargo, en este viaje estoy descubriendo un yo visceral, que ríe como un niño y llora y se emociona y chilla dentro del casco.

Mi puesto multimedia itinerante

Mi puesto multimedia itinerante

Siempre he hablado solo, desde muy pequeño -es algo frecuente entre los locos y los literatos, al parecer- pero ahora, cada vez que paro el MP3 para escuchar el susurro del viento, me descubro recitando poemas, comentando las incidencias de la jornada, explicándome largas parrafadas, insultando a los conductores insolidarios o felicitando a Fefa. Supongo que en breve le pondré una cara a una pelota de cuero y la llamaré Wilson. A pesar de que pudiera parecer que estoy finalmente cayendo en la demencia, no me siento así. Si la vida es, en gran medida, sentir, yo lo estoy haciendo más que nunca. Por lo tanto, jamás había estado tan vivo.

La larga travesía

Lo que más me está llamando la atención por el momento, es el gradual cambio de paisaje -humano y natural- que se va produciendo a medida que devoro kilómetros. Los bosques de rectilíneos pinos casi sobrenaturales de las Landas dieron paso a las lomas de hileras de vides en Burdeos, que a su vez desembocaron en las planicies de la Vendée. La costa se hizo abrupta y el horizonte se llenó de bosques umbríos en Bretaña, y de praderas muy verdes y muy pequeñitas salpicadas de vacas descomunales en Bélgica. Luego, los canales y los humedales de Holanda dieron paso a una meseta sobria de amplísimos cultivos en Alemania. Nada más pasar a la República Checa, los campos se convirtieron en montañas romas salpicadas de bosques de árboles gruesos y jugosos. Y luego Polonia me regaló trigales verdes mecidos por el viento.
Hace hoy una semana me encontraba en un McDonalds -free wifi- de Holanda redactando alguna de mis aburridísimas crónicas, cuando levanté la cabeza alertado por el ruido: Se me había hecho la hora de comer en aquella mesa y no me había enterado. Decenas de familias con niños devoraban sus hamburguesas con devoción casi religiosa. Y entonces me fijé que todos los niños eran rubios y tenían los ojos azules. Tuve que volver mi vista atrás, y analizar los rostros que había estado viendo a lo largo del viaje, para comprender cómo esas caras habían ido cambiando poco a poco. Desde ese momento, me prometí prestar más atención a los rostros y a las personas. Y sí es cierto que la gente va cambiando suavemente, como los paisajes. Los rostros angulosos y cuadrados de Alemania fueron desembocando en pómulos prominentes y frentes despejadas en Polonia y en rasgos más bien dulces en la República Checa. A medida que te desplazas al norte, la gente crece, para menguar cuando te acercas al Mediterráneo.

El cochino dinero

Lavando la ropita en una habitación de hotel

Lavando la ropita en una habitación de hotel

El 27 de mayo -cinco días después de mi partida- asistí a una cena crítica en Noirmoutier. Colette y su marido son experimentados marineros, que viven por y para construirse barcos con los que salir a navegar semanas enteras. Es su única y gran pasión. Durante esa cena, pregunté a Colette por qué no visitaban el Mediterráneo más a menudo -ese sería mi destino si yo fuera marino-.
- Es carísimo atracar el barco ahí.
- ¿Ah sí?. ¿De cuánto estamos hablando?
- Pues no sé… treinta, cuarenta euros por noche.
Me quedé de piedra. ¿Eso era caro?. Volví a casa zigzagueando por el paisaje fantasmagórico de los marais salants de Noirmoutier bañados por una luna llena de charol y al llegar al hostal me había ya flagelado mentalmente durante un buen rato. “Eres un pijo” – me dije-. Mi presupuesto estimado para este viaje es de unos 100 USD diarios, y estaba sistemáticamente pasándome, con la excusa de que en Francia todo es más caro. Pero la reflexión de Colette me hizo replantearme el viaje. Comer en Francia, pese a la fama que tiene este país, es un auténtico tormento, salvo si estás dispuesto a invertir en ello una buena parte de tus ahorros. Así que lo primero que hice para reducir gastos fue prescindir de restaurantes en los que decididamente no estaba disfrutando, y lanzarme al supermercado. Me compré un queso que olía a hiena en descomposición, y unas deliciosas latitas de paté. Luego, cada día, no tenía más que parar en una boulangeríe para hacerme con un pan fresco, corruscante, casi erótico, en una pequeña frutería para hacerme con un tomate, y la gastronomía de Francia, floreciendo en las cosas más pequeñas, volvía a hacerse un hueco en mi corazón sin hacer un agujero en mi bolsillo.
Al salir de la zona Euro, el viaje contó con un escollo adicional: el cambio de divisas. Cuando pasas de país con tanta velocidad, es normal no conocer el valor de las cosas. Mi consejo es que adoptes como moneda propia el Litro De Gasolina. Te recomiendo eso porque será lo primero que veas, en carteles gigantes, nada más pasar cada frontera. Mira cuánto cuesta un Litro De Gasolina y obtendrás un valor aproximado de las cosas en el país. Así, una comida es normal que cueste unos siete Litros De Gasolina. Y todo alojamiento que cueste alrededor de 20 Litros De Gasolina es razonable.

Párrafo sólo para moteros: Fefa y la equipación

Fefa, mi princesita negra, se está portando como nunca pensé. Fiel a su tradición de ruteras con alma de trail, mi Fefa va lenta -porque así se lo exijo- pero con una seguridad imponente. Si algo tengo que reprocharle es que, alrededor de los 100 por hora, tiene unos pequeños ahogos que siempre consiguen aterrorizarme -al pensar que la moto dejará de acelerar por algun motivo oscuro-. Pero al parecer forman parte del alma de la moto, y no tengo que preocuparme de ello. Religiosamente, cada 500 kilómetros engraso su cadena con un mimo infinito, salvo en caso de chaparrón, en que adelanto la liturgia. La chapa que inventamos Juanjo y yo para sustituir al cubre-radiador se me ha oxidado, y estoy esperando a llegar a algun lugar civilizado con muchos tipos de pintura para comprar alguna con qué restaurarlo. Por lo demás, Fefa es la reina de las motos. En cuanto a la equipación, debo señalar que hay tres productos de 2TMoto que me están haciendo la vida mucho más llevadera: El manillar antivibraciones me permite hacer muchas más horas de conducción sin que se me duerman las manos, al no transmitirse la vibración del asfalto al manillar. El asiento Airhawk simplemente no es de este mundo. Y, finalmente, el Crampbuster consigue que estar horas y horas acelerando sea tan simple como dejar caer la mano. Poco antes de partir, un lector de esta página se ofreció a darme clases de Yoga para moteros. Sus estiramientos para contrarrestar las posturas típicas de la conducción son muy útiles. No obstante, debo señalar que mi muñeca izquierda -la del embrague- se resiente de estar bombeando todo el día durante tantos días seguidos. En cualquier caso, todo dolor es justificado cuando mi Fefa vuela sobre los campos de trigo, y yo sonrío dentro de mi casco sintiéndome el centauro de plata más feliz de la tierra de Fantasía.

Cosas prácticas: comer, dormir

El ser humano es terriblemente frágil. Dispones de un cuerpo, sólo uno, para toda la vida. Has de cuidarlo, alimentarlo tres veces al día, darle cobijo decente todas las noches, otorgarle reposo en silencio. La comida es algo bastante crítico. Me encanta comer, y la cocina es para mi una pasión casi sagrada. Una mala comida me enfurece para el resto de la tarde, y una comida fragante y correctamente servida me hace olvidar todos mis males. Mi consejo es que te fies de señores de entre cincuenta y sesenta y cinco años, nativos del lugar. Hasta el momento estoy teniendo una suerte tremenda con el alojamiento. En grandes ciudades estás bastante vendido. Mi estrategia consiste en acomodarme entre 100 y 60 kilómetros antes de la gran ciudad, en hotelitos pequeños pertenecientes a un particular. El mimo con el que soy tratado y la relación calidad-precio suelen justificar los kilómetros que luego he de hacer por la mañana.

¿Aguantaré el tirón?

Pues mira, no lo sé. Espero que si. Pero si alguna vez me notáis fatigado, o leéis entre líneas que he perdido la ilusión, simplemente recordadme lo que se siente volando sobre los campos de trigo. Con eso tendré energía de sobra para dar diez vueltas al mundo si es preciso.

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