close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hace cinco días nos reunimos Carl, Benedicte y yo ante un mapa, y nos miramos apesadumbrados.
- Entonces- resumí- el viaje no puede continuar.
- No- accedió Carl.
Se produjo un largo silencio. Se había hecho de noche. Nos encontrábamos en una terraza delante de nuestro hotel. Al fondo se distinguían tenuemente las cumbres nevadas de los montes Kyrgyzes. Un pequeño edificio exhibía en uno de sus costados una enorme pantalla de televisión que iluminaba entera la avenida.
- Habrá que comunicárselo a los demás- sugirió Benedicte.
Esa misma noche llamé a Donato, que está loco y viene hacia aquí en una Harley. Como no me oía demasiado bien, me pidió a gritos que le mandara un email explicándole la situación. Puse en copia a James y a Emily. Y poco más se podía hacer al respecto, salvo esperar.

El grupo de viajeros

Donato y Stefano: Italianos completamente desquiciados montados en sendas Harleys. Donato ha viajado ya por medio mundo durante muchos años y es un tipo lleno de recursos. El gobierno pakistaní les ha denegado el visado, por lo que en principio, no puede acompañarnos hacia el sur.

James y Emily: matrimonio de recién casados cuya luna de miel consiste en viajar en moto hasta Indonesia. Con un par. Los conocí en Estambul, donde Em se reponía de un encuentro poco gratificante con un taxi turco.

Carl y Bene: De repente, decidieron abandonar sus trabajos y tomar rumbo al este. Esperan terminar su viaje en Nueva Zelanda.

Fabián: Un idiota que lo tenía todo y sin embargo, un día decidió salir a dar una vuelta porque leyó un poema, o algo así.

El viaje tal y como está planeado, supone atravesar, dentro de doce días, la infranqueable barrera burocrática de China por el Torugart y adentrarse en Pakistán a través del Paso de Kunjerab. Para ello, un grupo de hasta entonces desconocidos, reunidos gracias a un foro de viajeros de largas distancias, habíamos contratado los servicios de un guía chino, quien tenía lista ya la documentación para permitirnos cruzar el gigante amarillo. Esta ruta -relativamente habitual entre quienes dan la vuelta al mundo en su propio vehículo- recorre las autopistas más elevadas del mundo, las planicies más extremas, los pueblos más encantadores. Grava, arena, barro, montañas, estepas, mesetas floridas, cumbres nevadas, mercados orientales, horizontes trufados de mezquitas, puestas de sol infinitas. Todo un bombardeo para la vista, el gusto, el tacto, el oido, el olfato. Que ya no podrá ser.

La situación política en Kyrgyzstan

Hasta el momento, me he empeñado en considerar la guerra civil no declarada en Kyrgyzstan como un problema menor. El conflicto, que lleva años ya latente en la zona del oeste del país, se ha agravado en los últimos meses, causando el cierre de las fronteras con el vecino Uzbekistan -motivo por el cual no he podido coger la Ruta de la Seda en el sur de Kazajastán, dicho sea de paso-. No obstante, mi área de tránsito -Bishkek y la zona este- parecen estar, hasta cierto punto, en una especie de limbo, donde lo peor es la casi ausencia de control policial. Ocasionalmente se producen enfrentamientos entre manifestantes y las autoridades, que se saldan con un puñado de heridos y detenidos -sin ir más lejos, hubo un pequeño conato de golpe de estado hace tres días-. Estos enfrentamientos no están dirigidos hacia los turistas, sino hacia la policía y el ejército, por lo que evitándolos activamente estaría más o menos salvado.
Desde mi desgradable experiencia en la frontera de Ucrania, todos los policías que me han ido parando tenían la misma reacción cuando pronunciaba la palabra “Kyrgyzstan“: me apuntaban con el dedo y hacían ruido de metralletas. Esto, lejos de acobardarme, me llenaba de una pequeña sensación de aventura y adrenalina.

La Karakoram Highway

Tras pasar el Torugart y enfilar hacia Kashgar -la última gran ciudad al oeste de China, donde hay un interesante mercado dominical de ganado que habíamos planeado visitar-, seguiríamos hacia el sur para atravesar la Karakoram Highway, la autopista asfaltada más alta del mundo, desembocando en Pakistan a través del Paso de Kunjerab, sólo transitable en verano. Esta autopista -conocida como la “novena maravilla del mundo”- conecta China y Pakistan a través de las montañas Karakoram, tardó veinte años en ser construida, y alcanza una altura de más de 4000 metros. 810 obreros pakistanies y 82 chinos fallecieron en su construcción debido a sus infernales condiciones climáticas y orográficas.
Hace ya algunos meses que sé que 25 kilómetros de esta autopista son ahora mismo un lago practicamente insalvable. De repente, el valle entero del Hunza se inundó en Enero, y donde antes había carretera ahora hay una inmensa extensión de agua. En este lugar de la Tierra pasan estas cosas: un día hay una autopista, otro día un lago. Hay miles de desplazados que lo han perdido todo en ese valle. Se espera que la autopista esté reparada dentro de unos dos años. Cuando todavía estaba en los Urales, un camionero de aspecto oriental me indicó por señas que no había forma humana de pasar por ahí. No obstante, la vida florece por doquier, y ya hay pequeños empresarios que han fletado precarios barquitos para transportar a personas y bienes a lo largo de este lago. Asimismo, el ejército pakistaní ha estado trasladando en helicópteros regularmente vehículos, animales, carga y personas para salvar este tramo, dado que la Karakoram Highway es una vía de comunicaciones vital para el comercio entre Pakistan y China. Por lo tanto, mis planes pasaban por llegar al borde del lago y buscar algun tipo de transporte, en la certeza de que algo me encontraría. Estaba guardando la sorpresa para poder elaborar un vídeo emocionante, surcando aguas profundas a través de gargantas escarpadas, con Fefa enfilando su morro hacia lo desconocido, en débil equilibrio sobre una barcucha.

Inundaciones en Risalpur, distrito de Nowshera. –Reuters Photo/Adrees

Inundaciones en Risalpur, distrito de Nowshera. –Reuters Photo/Adrees

Y, entonces, llegó el monzón

Una vez salvado el problema de la desaparición de la Karakoram Highway, entraríamos en Pakistan, recorreríamos las provincias del norte haciendo un pequeño desvío hacia las planicies de Deosai, de belleza sobrenatural, y luego evitaríamos -por imperativo legal- la zona de conflicto de Kashmir para tomar rumbo al sur hacia Islamabad.
Y entonces, llegó el monzón. Tendría que haber pasado ya, pero no. El peor en ochenta años.
En la actualidad, la región que pretendíamos cruzar -la única por la que pueden viajar los extranjeros, de hecho- cuenta con al menos doce millones de desplazados por las lluvias, que han causado desbordamientos de todos sus ríos. Han muerto casi 3.000 personas, hay 15.000 heridos, las epidemias están asolando a una población desatendida que no cuenta ni con comida, ni con agua, ni con equipos para deshacerse de los cadáveres de animales que se pudren en las cunetas, y el territorio entero se ha quedado sin infraestructura viaria de ningún tipo -hay cerca de sesenta puentes destrozados sólo en el valle de Swat-. Esto es lo que queda de la única carretera por la que podríamos pasar. Y esto es la continuación de dicha carretera. Y así, una y otra vez, a lo largo de centenares de kilómetros. A mi entender, y ateniéndome a las imágenes que he ido recibiendo de diversas fuentes, a las impresiones de un club local de moteros de Almaty y las crónicas remitidas por las agencias occidentales, es imposible pasar por ahí sin poner en más que evidente riesgo mi vida. Y no sólo porque no haya más que un cable colgante para trasladarse sobre precipicios insondables, porque haya muchedumbres hambrientas y desesperadas viviendo en la cuneta, porque el ejército no esté para asistir a extranjeros pijos montados en sus motos, porque no haya ni comida ni bebida, sino porque nada garantiza que las lluvias no se recrudezcan y nos pille una tromba y una riada en medio de la nada que nos mande al carajo sin posibilidad de réplica.

Pero… ¿Qué vas a HACER?

Evidentemente, el viaje va a continuar, pase lo que pase. El título del post era únicamente una burda forma de llamar tu atención. El plan -respaldado al menos por Carl, Bene y yo mismo- es saltarse, literalmente, la zona intransitable. Volar a la India.
No podéis imaginar lo difícil que es tomar esta decisión y el insomnio que estoy pasando. Llevo meses y meses soñando con cada centímetro de esta ruta, que ahora entiendo no se puede llevar a cabo.
El pasado viernes, en una sesión maratoniana en la oficina de un empresario local amabilísimo que tuvo la bondad de prestarnos a su secretaria, nos pusimos en contacto con la práctica totalidad de las empresas de transporte aéreo de Almaty -y son un puñado importante- para conocer quiénes pueden enviar a Fefa a través del Himalaya hasta Nueva Delhi. Ya hemos recibido contestación de Air Astana, quien está dispuesta a trasladar a la moto a Amsterdam para luego remitirla a Delhi en un avión de carga. Como no me gusta esa opción, sigo esperando respuesta de los demás shipping agents. El proceso es bastante desesperante, porque cada email que envío tiene como respuesta una lista interminable de preguntas sobre la documentación de la moto, su estado legal, cuáles son mis intenciones en India, etc. No obstante, espero obtener una contestación antes de mediados de semana.
Si esta respuesta no se produce y por algun motivo se tuercen las negociaciones con Air Astana, el día 17 -cuando vence mi visado kazajo- atravesaré a Bishkek. Esperaré hasta el último momento, negociando con empresas de cargo kyrgyzas. Si no encuentro solución alguna al problema, procederé a avanzar hacia China junto con los miembros de mi grupo que decidan proseguir con la aventura, de haber alguno, con la vana esperanza semisuicida de que el tráfico esté medianamente restablecido en Pakistan para entonces. Y lo que allí ocurra, lo conoceréis con detalle. O eso esperamos todos. Y si nadie quiere acompañarme, solicitaré un nuevo visado de Kazajastán y seguiré intentando algun tipo de traslado aéreo de la moto. Siempre se puede volar con una compañía clandestina en un avión ruso de más de cuarenta años con la moto en la cabina.

Oye, no todo tenía por que salirme rodado, ¿no?

* No busques una ruta alternativa. No la hay. Los territorios de Kashmir (este) están prohibidos a los extranjeros y al oeste está Afganistán y no tengo interés en ser secuestrado por islamistas. Hemos solicitado presupuesto para hacer la ruta más al este todavía, por China, y el famoso guía nos sale por unos 7.000 euros a cada uno (de este modo, las autoridades evitan que pises Tibet), así que va a ser que tampoco. Asimismo, dar la vuelta para intentarlo por Irán supone volver a solicitar todos los visados, un lío burocrático que acabaría con mis nervios. Las únicas dos opciones son arriesgar la vida o saltar a India.

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