close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Hago una pausa en mi camino, recorriendo trepidantes carreteras albanas. Haciéndome eco de los comentarios que piden un libro físico de Salí a dar una vuelta, a continuación les ofrezco un fragmento de mi primera novela, Púser nunca existió, publicada en el 2008.


Hace un frío mortal, que me acuchilla las manos y la cara, pero no puedo frotarme las mejillas, porque se borraría el maquillaje de corcho quemado que constituye mi precario disfraz de paje negro.

Año 1973. Púser es expulsado del seno materno sin miramientos a un mundo hostil y poliédrico. De las brasas del recuerdo, recuperamos una morena de finos tobillos, el inexistente loro del párroco, las rebosantes tetas de mamá, los insectos de colores, el funeral de Franco, el telesketch y un hada madrina que contempla aleteando cómo orina una vieja. Primera novela del empresario de Internet Fabián C. Barrio, que recupera el realismo mágico para acercarnos con gran sentido del humor, algo de crueldad, una pizca de romanticismo y mucha ternura la infancia de todos aquellos que vivieron los setenta con el asombro permanente de la mirada de un niño fuera de lo común.

Este año me toca ser el paje de Baltasar. Tengo puesto una especie de chubasquero de plástico azul que, según mi madre, es el uniforme perfecto de un paje de rey mago. No obstante, dudo profundamente de su autenticidad histórica, si bien el resto de los pajes adolecen de una análoga imprecisión. Me han dado una enhiesta y orgullosa bengala que arde cansinamente, abrazada por un cucurucho que protege mis manos de una incineración segura. Se supone que cuando todos tengamos la bengala encendida y caminemos por la Calle Mayor, en sinuosas hileras acompañando con pasitos precarios pero orgullosos las triunfales carrozas de Sus Majestades los Reyes de Oriente como soldaditos de plomo, los Tirios y los Troyanos, los Judíos y los Otomanos no tendrán más remedio que apartarse a nuestro paso, porque nunca se ha visto un ejército infantil más fiero, más numeroso, ni más disciplinado. Llueve suavecito, y los reyes se
están retrasando. Observo las suntuosas carrozas que han de transportarlos, que no son más que furgonetas disfrazadas. Bajo el papel de aluminio y las guirnaldas plateadas, se agazapa un camión del servicio de limpieza del Ayuntamiento, así como bajo mi chubasquero de plástico y mi pintura de corcho quemado no hay más que un niño aterido de frío y trémulo de impaciencia. El conductor de la carroza de Baltasar es un operario grasiento que se escarba los dientes con un palillo mascado, la mirada perdida en la lejanía.
Súbitamente, en medio de un inconmensurable cacareo, la multitud se aparta, y los Reyes, retrepados en camellos cubiertos de costras que parecen estar masticando un chicle especialmente jugoso, surgen entre la turba saludando sin parar a izquierda y derecha. Tras sus larguísimas y rizadas barbas entrecanas, parecen sonreír con modestia. Una vez más, me desconcierta que se muestren tan exhibicionistas en la cabalgata, y tan esquivos a la hora de hacer entrega de los regalos. Indudablemente, mi rey favorito es Gaspar. Está fastuosa y arrebatadoramente altivo enfundado en su capa granate de imitación de armiño, en sus leotardos de lycra y su casaca bordada, con su corona de plástico y sus cabellos esponjosos y amarillos. Descie nde trastabillando de su camello, y hace un grácil gesto de saludo a la multitud. Aprovecho para lanzarme corriendo a su cuello para abrazarlo. Me coge en brazos, y al observarlo de cerca, compruebo horrorizado que la barba está sujeta con gomas a sus orejas.
- ¡¡Falso!!- grito enfurecido a su barba. Incapaz de creer lo que mis ojos están viendo, lo golpeo furiosa y repetidamente con el puño cerrado en los ojos y me apresuro a arrancarle la barba
completamente fuera de mí, y la arrojo a un grupo de niños anónimos.
- Cabrón- gime el Gaspar farsante perdiendo la compostura, y mientras cuatro o cinco pajes espontáneos me retienen y me llevan en volandas a un sitio más seguro, Gaspar intenta sin mucho éxito volver a ponerse la barba ante una multitud de niños pequeños que lloran desconsolados y lo señalan incrédulos con sus pequeños deditos, y otra multitud de padres se deshace en explicaciones.

Púser nunca existió está a la venta en Bubok por el módico precio de 11.25 €, puede adquirirse cómodamente en el siguiente enlace.
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