close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

La ruta que la agencia autorizada por el gobierno de la República Popular China había elegido por nosotros era un sencillo paseo de cinco días de norte a sur de la región de Xinjiang, desde el paso de Torugart -frontera con Kyrgyzstan- al paso de Kunjerab -frontera con Pakistan-. Esta región está prácticamente despoblada, y en ella sobreviven a la implacable colonización pekinesa un puñadito de seres humanos que, por su ascendencia étnica, su ramillete de dialectos, su acervo cultural y sus creencias religiosas, apenas tienen derecho de decisión sobre su futuro o su presente, apenas pueden expresar su opinión sobre lo que ocurre en la tierra de sus antepasados. El plan diseñado por Pekin pasa por una sistemática asimilación de toda etnia local, para su posterior homogeneización con el resto del país. Así de simple. En cincuenta años, la etnia Han -los chinos, para que nos entendamos- han pasado de representar el 6 al 40% de la población. Como un enorme glóbulo blanco fagocitando una diminuta e inocua bacteria. Como una invasión extraterrestre.

En Sost, Pakistan
Día 102 de viaje. 23ºC. Leyendo El Corán.

DailyMotion:
Insértalo:

Un observador poco entrenado o un turista no demasiado díscolo se dejarían seducir por las dos o tres mezquitas y las cuatro pintorescas muchachas que se pavonean por las calles de Kashgar vestidas de colores con el traje tradicional de las minorías. Pero cuando consigues saltarte la sistemática persecución de tu guía y entablas contacto, aunque sea fugaz y extraordinariamente superficial, con la realidad cruda de este pedazo de tierra árido y rocoso, comienzas a entender las sutilezas del plan tejido por mamá China. Sólo cuando te enteras de que un pasaporte cuesta cerca de ocho mil dólares -cuando el salario ronda los 180 mensuales- y tarda más de un año en ser tramitado, sólo cuando te cuentan que un ciudadano perteneciente a una minoría no puede ejercer un puesto de responsabilidad en el entramado burocrático del país, sólo cuando sabes que sólo los chinos pueden enseñar en las escuelas y que las lenguas minoritatias son obviadas por el sistema educativo, empiezas a captar lo complejo de la situación, oculta tras el velo del bullicio y el colorido asiático. Quizá lo más triste sea ver a esos niños uniformados desfilando por las calles como pequeñas marionetas cantando canciones chinas, niños a los que -por descontado- se les ha privado de una enseñanza en su propia lengua. En esta remota región del país, a casi tres husos horarios de la capital, el horario oficial es el de Pekín, por lo que los hoteles deben dar su desayuno de seis a ocho de la mañana. Lo mismo ocurre con la administración estatal, los bancos, los colegios. Todo se realiza fuera del horario natural, de tal modo que los habitantes de la región están sometidos a un absurdo jet-lag perpetuo. Los policías de las calles, los omnipresentes militares, los funcionarios públicos, incluso el chófer que nos acompaña, han venido desde fuera, y tienen un color de piel y unos rasgos faciales claramente diferentes a los del pueblo llano. La mayoría pertenecen a una organización paramilitar denominada el Cuerpo de Producción y Construcción de Xinjiang, cuyo objetivo es, llana y simplemente, colonizar la región. En la comunista China, fundada sobre un presunto cimiento de igualdad homogeneización, se ha arraigado un sistema de castas sutil como una tortura oriental, pero con los mismos efectos perniciosos. Los Uigures y los Kirguises, valientes habitantes de estas tierras antes de la irrupción del imperio amarillo, están desapareciendo y pronto no serán ni siquiera un recuerdo.
No obstante, no todo es represión de las minorías. También sus ciudadanos normales ven limitados sus movimientos. Los chinos no pueden tener más de un hijo, o se enfrentan a multas astronómicas que jamás podrán pagar. Los juicios que acaban en pena capital se dirimen en un sólo día, tras el cual la vida del reo ha terminado en un pelotón de fusilamiento. Los profesores o los soldados que profesen una religión no pueden hablar de ello en público ni rezar en presencia de nadie. Los turistas son tolerados pero vigilados de cerca: mi guía tiene la obligación de informar a las autoridades de todo aquello que encuentre sospechoso de mi, y pese a pertenecer él mismo a una minoría, se muestra anormalmente interesado por mis ideales políticos, por lo que hago en el ordenador, o por el contenido de mi lector de libros electrónicos. Para evitar problemas custodia nuestros GPS y nos informa amablemente de cuándo puede estar la cámara acoplada a la moto y cuándo no.

Disposición de las ovejas en el mercado de ganado de Kashgar, China. Muy metafórico todo.

Disposición de las ovejas en el mercado de ganado de Kashgar, China. Muy metafórico todo.

El nuevo orden que nos resistimos a reconocer

Cualquiera que haya estado en China alguna vez habrá vuelto con la misma impresión: qué grande es todo, cuánto trabaja esta gente. Mi anterior visita a este enorme y aterrador país me provocó un pánico terrible: En Europa solemos comparar a China con un poderoso dragón durmiente, pero nada más lejos de la realidad: el dragón está bien despierto, y de sus fauces emergen llamaradas pavorosas. El día en que cada chino deje de conformarse con una pequeña moto eléctrica y decida comprarse un coche, la civilización occidental habrá terminado. China apabulla por la magnitud de lo que ahí está ocurriendo silenciosamente, a espaldas de Occidente. Nos llegan sus productos, que observamos con una sonrisa beatífica. Made in China, claro ¿dónde si no?, comentamos despreocupadamente. Pero no reflexionamos que, tras el icono del Made in China se oculta una brutal realidad: China, de norte a sur, es un hervidero de actividad febril. Se percibe en sus caminos, en sus gentes, en los comercios y en los bazares. Se capta en cada esquina, en cada congestionada arteria de tráfico. Mires donde mires, hay un chino trabajando a toda velocidad, comiendo un cuenco de noodles o durmiendo una microsiesta que le permita seguir trabajando. Los escolares van a la escuela incluso en domingo: ese es el día en que ellos mismos han de limpiar las aulas. Hablé con un muchacho que se me acercó en un bazar de Kashgar: Está estudiando medicina e Inglés. Se levanta a las cuatro de la mañana de domingo a viernes. Estudia tres horas de Inglés, y se va a la facultad. Por la tarde, vuelve a casa y divide su tiempo de estudio, acostándose a medianoche. Sólo se da una pequeña tregua el sábado, día en que se permite el lujo de levantarse a las 12 de la mañana, justo a tiempo para comer y ponerse a estudiar de nuevo. Todo se cobra, incluso respirar cuesta dinero, todo ocurre a gran velocidad y con enorme precisión.
Observando esta eclosión de maníaca actividad a mi alrededor, no puedo menos que pensar que hemos perdido la batalla. No hay nada que podamos hacer. Occidente tuvo su momento, y lo desperdició: los rufianes, los gafapastas, los consultores, los intermediarios, los perroflautas, los pijoprogres y los aprovechados acabaron con nuestro futuro. Hemos creado una sociedad ridícula de pícaros y vagos, en la que prima la ley del mínimo esfuerzo, la subvención, el consultor, la comisión de investigación, y el desafío permanente a la autoridad. Nuestros hijos, de quienes tomamos prestado el mundo, a quienes se lo hemos donado, son haraganes, incultos, incapaces de sacrificarse por un futuro o un ideal y viven obsesionados con el ocio y la diversión, cada generación es más estulta y está menos preparada que la anterior. Nos rodea una enorme crisis de valores y de ideas. Estamos, simplemente, quemando los últimos vestigios de combustible.
China, en cambio, produce combustible sin parar. Es un enjambre en ebullición. Sin embargo, no veo a gente feliz. Cuando saludo a los niños desde la moto, recibo miradas de desconcierto. Cuando intento bromear con las camareras, éstas se dan la vuelta y siguen trabajando sin hacerme caso. Los desconocidos recelan unos de los otros. La gente se aparta del camino de los militares. Los productos de consumo salen del horno sin parar: Son productos inútiles y perecederos, cuyo fin único es el de generar más demanda y, por lo tanto, más producción. Los bazares rebosan de mierda que la gente compra y usa una sola vez, antes de su desintegración espontánea. Una espiral espantosa y desconcertante de la que no creo que sea muy fácil salir bien parado.

Los nuevos emperadores del siglo XXI. De no perderse el pequeño hijo de puta con el simulacro de escopeta. Muy alegórico.

Los nuevos emperadores del siglo XXI. De no perderse el pequeño hijo de puta con el simulacro de escopeta. Muy alegórico.

¿Quieres conocer la historia completa? Todos los artículos de la serie En la cola del monstruo en esta página
Imprimir