close¡Hola! Hace ya más de un año que estoy dando la vuelta al mundo a lomos de la moto Fefa. Si has llegado aquí por casualidad y tienes un ratico, quizá te interese saber algo más de mi historia.
Conoce la ruta, la moto, entérate de cómo salí de Madrid, cómo empezó todo, lee todo el blog desde el principio o entérate de cuál es mi posición actual.

Karakol es una pacífica comunidad rural situada al oeste del enorme lago Issy-Kol. Para llegar aquí desde Bishkek hay que recorrer una larguísima carretera de casi cuatrocientos kilómetros trufada de todo tipo de pequeños peligros cotidianos -perros, baches, burros, vacas, niños, camiones, mirones, ancianas, sacerdotes ortodoxos y aves zancudas-. Al arribar a las inmediaciones del enorme lago, el Benidorm de los Kyrgyzos, segundo lago de montaña más grande del mundo, el viajero debe abonar una injusta ecotasa de 500 soms -unos ocho euros, una fortuna en este país-, para justificar el estatus de reserva de la biosfera que posee la zona. A continuación, se disfruta de un privilegiado recorrido de casi doscientos kilómetros al amor de una pacífica masa de agua desconcertantemente gigante olvidada entre montañas escarpadas de cumbres níveas. La carretera, situada a un tiro de piedra del lago, recorre un rosario de diminutos pueblos tristones que viven fundamentalmente de la agricultura, si bien intentan de forma más o menos exitosa obtener ingresos adicionales del ecoturismo. Así, no es infrecuente observar pequeñas manadas de caballos que se ofrecen a los turistas para efectuar pequeños paseos hasta las montañas circundantes, o yurts de telas raidas en los que degustar leche de caballo sentado en el suelo poniendo cara de cuánto-estoy-disfrutando-y-qué-auténtico-es-todo. Este año, no obstante, el turista occidental -que es un ser comodón, adiposo y cobarde por naturaleza- ha preferido escaparse de la presunta guerra que, con su infinita sed de vender ejemplares, los medios de comunicación se han encargado de magnificar hasta el paroxismo. Los pueblos del litoral del Issy-Kol se especializan de un modo que jamás podré entender: así, en un pueblo es posible comprar pescado seco y nada más que pescado. En el siguiente sólo se pueden comprar melones, y en el de más allá sólo se vende ropa china de mala calidad. El motivo por el que un emprendedor arriesgado no pone una tienda de melones en el pueblo del pescado escapa por completo a mi comprensión.

El Issy-kol guarda asombrosas maravillas en sus aguas. Durante la Guerra Fría, la URSS lo empleó para efectuar pruebas de misiles, debido a sus características, muy similares a las del océano. Hace un par de años, una expedición encontró bajo sus aguas los vestigios de una ciudad con más de 2500 años. Es habitado por una trucha en peligro de extinción.
Mi llegada a Karakol no fue todo lo gloriosa que se merece este pueblo. Carl y Bene, intrépidos miembros del grupo que me acompañará dentro de unos días en el recorrido chino y pakistaní, me habían hablado del lago, que recorrieron hace unos días, asegurándome que era sencillísimo encontrar alojamiento en los pueblos del norte, a unos ciento veinte kilómetros de Karakol. “Todas las casas tienen un cartel a la puerta, sólo tienes que acercarte y pedir precio”. Esta afirmación venía corroborada por el Lonely Planet, que aseguraba que el coste por noche sería de unos 250 soms -alrededor de cuatro euros-. A eso de las seis de la tarde, pues, decidí ponerme a buscar carteles, tal y como había planificado un par de días antes. En efecto, ahí estaban los carteles al llegar al pueblo de Cholpon-Ata. A millares. Pero, por algún motivo, soy incapaz de parar cuando he cogido carrerilla. Es algo que me ocurre frecuentemente en la moto, aunque vea algo terriblemente atractivo, siempre pienso que es difícil aparcar ahí, que el suelo tiene grava, que seguramente habrá algo mejor en un par de kilómetros, o que todavía no estoy lo suficientemente cansado o hambriento. El caso es que pongo absurdas excusas a mi tribunal íntimo y nunca paro.
Pasaron pues casas y más casas con su cartel en la puerta. Mujeres ancianas de agolpaban a ambos lados de la carretera blandiendo carteles anunciando su negocio de hostelería clandestino. Niños subidos a una agonizante bicicleta braceaban desde la parada del autobús con cartones vetustos. Incluso vi a una anciana en silla de ruedas, evidentemente catatónica, a la que el Torrente kyrgyzo había colgado un cartel del cuello, en la esperanza de que resultara un reclamo suficientemente atractivo, bien por lástima, bien por terror. Y yo seguía avanzando. Incluso me resistí a parar cuando vi a una deliciosa viejecita sentada en una sillita, bebiendo té ante su preciosa casita azul y blanca que me recordaba a la vivienda de Hansel y Gretel imaginada en mi infancia. Así pues, cuando el pueblo se terminó por fin, me sentí arrepentido, y decidí dar la vuelta y acercarme a la última de las mujerucas que se apostaban al borde del camino. En cuanto me encaré a su mirada gélida estuvo claro que la comunicación era imposible: hay personas con las que simplemente no puedo comunicarme. No es una cuestión de lenguaje, puesto que a veces soy capaz de charlar durante horas con alguien con quien no tengo una lengua común: ambos ponemos un poco de nuestra parte, reimos, gastamos bromas, señalamos, hacemos gestos cómplices, y la comunicación fluye. Sin embargo, hay personas con las que, simplemente, no puedo. No señalan, no cambian el tono de voz, no emplean la mímica, no mueven las manos, se limitan a repetir frases como totems hastiados. Esta mujer era uno de estos seres. Me llevó hasta una granja en ruinas, donde otra señora, con su preceptivo pañuelo multicolor en la cabeza, emergió de un portalón oxidado. Me miraron entre las dos, cuchichearon largo y tendido, y me extendieron un cartón en el que habían escrito “500″.
Me indigné, resoplé, farfullé, les arrebaté el bolígrafo de las manos y escribí “300″.
Observaron el número largamente y volvieron a cuchichear. Escribieron “500″.
- Vaya una mierda de negociación- indiqué indignado.
Volví a hacerme con el cartón y escribí “350″.
Me devolvieron el cartón: “500″.
- Serás putarraca- le contesté enfurecido-. Se supone que tienes que bajar un poco, si no, no tiene gracia.
Taché sus quinientos, subí a 400, enfermo de ira, sintiéndome robado. Las dos mujeres contemplaron el cartón, y escribieron su cifra: “500″.
Si llego a saber lo que ocurriría a continuación, seguramente habría pagado los 500 -unos ocho Euros-. Pero me sentí herido en lo más profundo de mi ser, y arranqué la moto, dejándolas atrás en una estela de polvo cogidas del brazo como dos siamesas. Me aseguré que en el siguiente pueblo estaría esperándome una deliciosa anciana kyrgyza que no sólo aceptaría 250, sino que me atiborraría de pasteles de mantequilla y me cantaría dulces nanas locales para adormecerme.
Había olvidado, claro, el carácter monotemático de los pueblos. En el siguiente todos eran restaurantes. No había nadie interesado en ceder una habitación a un extraño. El sol empezó su lento declive. En el siguiente pueblo sólo había gasolineras. El sol se puso. En el otro, se recogían los últimos puestos de cebollas. Y se hizo de noche. Cada vez que paraba, los lugareños me indicaban que sólo encontraría hoteles en Karakol. Así que enfilé la carretera negra como mis pecados, agradeciendo al cielo mis faros SW-Motech, que me ayudaban a sortear vacas negras y niños con ropa oscura montados en burros. La oscuridad profunda de la noche me hizo ver, en la orilla del camino, a una compañera de clase de la adolescencia por la que bebía los vientos, arropada en un manto negro, entre las zarzas de la cuneta. Es curioso, cómo funciona el cerebro cansado. Lo más hermoso del recorrido fue, sin duda, ver salir la Luna sobre el lago Issy-Kol, dejando tras de si llos reflejos pálidos de un rosario de perlas aceradas sobre el agua mansa.

La mañana de los bautizos

A la mañana siguiente me dispuse a descubir Karakol. Cada día que pasa, el viaje me sorprende más: no daba un duro por este pueblo, y sin embargo lo disfruto más que Bishkek, porque tiene el encanto de las cosas pequeñas, auténticas y discretas. Es una hermosa y modesta filigrana arrebujada entre las montañas. Me encontré, al filo del mediodía, en la Catedral de la Sagrada Trinidad, una pequeña iglesia de madera polícroma con torres coronadas de pequeñas cúpulas parecidas a resplandecientes cebollas, que estaba atiborrada de celebrantes. Hoy era el día de los bautizos, y decenas de campesinos de la zona acudían con sus hijos, que lloraban enfurecidos cuando el sacerdote los sometía a complicados rituales ortodoxos: ahora pinta cuidadosamente sus caras con agua bendita, recorriendo con una gasa sus párpados, sus cejas, sus mofletes, la garganta. Ahora les corta un mechón de pelo. Ahora los alza sobre su cabeza ante el altar y los pasea por la sacristía en volandas.

A salir de la iglesia, todavía aturdido, me adentro en el mercado, que es pequeñísimo y está casi vacío: Mañana es día grande, y los comerciantes están descansando hoy. Hay una mezquita china al sur, que parece una pagoda de cuento de hadas olvidada durante siglos y devorada por el sol o un encantamiento. Dicen los libros que está construida sin emplear clavos: todas sus piezas encajan como un puzzle. En su interior, una treintena de hombres rezan en silencio. El edificio está casi en ruinas, pero se respira en él una sensación difícil de describir de espiritualidad y de respeto.

La tarde se va poniendo muy lentamente, hasta que, de repente, el sol se volatiliza apenas sin crepúsculo: es lo que tiene vivir rodeado de montañas que compiten entre si para alcanzar el cielo.

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